Es medianoche. Estos cigarros
trucados han conseguido por fin modificar mi estado de consciencia habitual y
transportarme a la realidad que más me gusta, aquella en la que mis
alteraciones del ego y yo nos encontramos unos frente a otros y debatimos sobre
la naturaleza de la existencia de cada parte de mí. Tres figuras son las que se
muestran claras ante los inmortales ojos de mi ser esencial. Las otras 6 son
sólo sombras que dejan entrever una figura parecida a la mía. No es la primera
vez que me siento delante de mí mismo a conversar con el observador, pero nunca
había conseguido hablar con tres de mis capas, ni mucho menos llegar a ver
tantos desdobles de mí mismo.
La primera de las figuras,
situada justo a mi izquierda, permanece impasible, aunque no ajena al hecho de
que su raíz (yo) está escudriñando la escena hasta el más mínimo detalle.
Obviamente, me encuentro ante el observador, al que ya conocía. A su izquierda
puedo ver un personaje que, en silencio, como si fuera una película de cine
mudo, está rasgando su garganta sin parar de quejarse, de mostrar su rabia, deseando
acabar con aquello que considera injusto, pero sin hacer nada más que eso,
quejarse. A continuación aparece un viejo conocido, un reflejo de mí que está
llorando, lamentando todo lo malo que le pasa; un individuo que no ve nada más
que oscuridad porque ni quiere ni se atreve a levantar la cabeza, a buscar la llave de su celda, pues puede que la encuentre y tenga que recorrer el
desconocido camino hacia quién sabe dónde. En el lugar donde se encuentra ahora
sólo hay amargura y miseria, pero al menos es conocido, familiar, casi amado
gracias a un desmesurado síndrome de Estocolmo. El resto de figuras que habitan
en este momento el flotante espacio entre la nada y yo, son irreconocibles,
aunque se puede inferir su existencia, por la energía que desprenden hacia la
raíz.
La experiencia de hablar con mis
tres aliados, pues son eso y no al contrario como pueda parecer en un principio,
está resultándome increíble. Exceptuando al observador, los otros dos se quedan
mirándome como si comprendieran lo que yo estoy diciendo. Y tengo muchas ganas
de decirles todas estas cosas. Sin dejar de mirarles, mientras hablo puedo ver
que les estoy transmitiendo al cien por cien el mensaje que necesitan escuchar…
Por fin entienden que no son partes individuales que se encuentran ante un
super-yo, sino que son yo mismo, cada uno en un estado y realidad diferentes.
Pero he podido conectar con todos ellos, transportándolos al mismo lugar para
decirles que comprendo su causa, pero que tal causa es la de todos los
presentes en esa extraña realidad, y que la causa del resto también es la suya.
Así interiorizamos que todos somos aliados unos de otros, y no personajes
ajenos a los que odiamos por no ser como queremos que sean. Y acordamos que
todos vamos a ayudarnos unos a otros, pues es ayudarnos a nosotros mismos. Poco
a poco me voy despidiendo, y aunque no percibo muy bien si me dicen algo o no,
sus rostros exhiben con firmeza el propósito de comprender lo que son, procesos
de una personalidad que no deben detenerse, ni desaparecer o ser abatidos por
un héroe. Únicamente están ahí para ser observados. Pero de esto último, quizás
hablemos en el próximo cigarro.