lunes, 8 de septiembre de 2014

Uniones fugaces

Odio a este tipo de gente que siempre pregunta por cierto animal o persona, y sienten que nadie en el mundo los quiere más que ellos, ni siquiera el tipo que se queda cuidándoles, dándoles de comer y limpiando su mierda, mientras ellos están de viaje, de fiesta, o simplemente demasiado ocupados para hacer más de una visita al mes, tal vez al año.
Cuidar a alguien no es todo cariño, hay momentos desagradables en los que te gustaría pegarles, o que se mueran de una vez. La emoción que se va forjando tiene mucho de amor y también de odio. Pero ese amor que surge entre toda esa rabia y esa mierda que has de limpiar de un culo, o recoger de un plato roto en el suelo, es el amor que realmente tiene mérito, el que me abruma. Tal vez sea por pura insistencia, por el apego que uno siente por todo lo que le resulta familiar, incluso aunque quiera perderlo de vista. Ese miedo a perder algo que siempre estuvo ahí, y que tu vida cambie de repente y tú te encuentres totalmente perdido, sea el cambio a mejor o peor. Pero desde luego es más maravilloso amar aquello que odias que amar algo por las buenas risas que te echas de vez en cuando con su parte más amable.
No pido nada a cambio, ni mucho menos herencias o dinero, o que tu perro o gato te preste más atención a tí que a nadie, pues entiendo que las relaciones de amor-odio son complicadas en ambos sentidos. Pero qué mínimo que tener un último recuerdo, que cuando vean la rueda del coche del que ya no pueden escapar, recuerden las caricias y los golpes del tipo que les ponía la comida en el plato, todos los días. Que antes de pasar al otro lado, mires durante un segundo al tipo que esta en segunda fila con cara de llevarlo bien, intentando disimular una lágrima de terrible gravedad, detrás del oportunista que te sujeta la mano a pie de cama con gesto compungido y forzado. Mira por encima del hombro de ese hijodeputa y ama, sólo eso, sólo un segundo, al tipo que limpió la mierda de tu culo.
No importa cuál de los dos te haya traído más felicidad, no digo que lo desprecies. Pero uno de los dos es, y has sido para él, una pequeña parte de la vida, un risa fugaz en una larga tragicomedia, y para el otro, has sido su vida. Usa uno solo de los segundos de la tuya para reconocerlo, no a él, a ti mismo. Ama en tu último segundo al amor más grande de los que hay en esa habitación. Ten al menos esa decencia.

jueves, 14 de agosto de 2014

LAS CRÓNICAS DE LIGHT

PRÓLOGO
Hace ya unos meses que conocí a Light y me contó su historia. Encerrado en mi raciocinio, agobiado por la tibia fragilidad en la que veía envuelto a mi espíritu, entre la oscuridad de mis pensamientos y la claridad de mis actos, ocultos tras el ya familiar humo verde y gris, fui capaz de vislumbrar una sombra que al principio se me antojaba aterradora. Yo no tenía otra cosa en la que pensar que la cotidianidad de mi rutinaria vida, ni otra cadencia que la de convertir en montaña cada granito de arena que me encontraba en el camino.
Bajo un inmenso manto de estrellas, y ante la incesante mirada del conejo guardián de la luna se acercó a mí, se presentó y me preguntó si podía sentarse a mi lado a conversar. Frente a mí se encontraba una figura negra, desdibujada y consumida por dios sabe qué o quién. Sus ojos eran totalmente blancos, igual que la raída pajarita que cubría el desnudo y raquítico palillo que tenía por cuello, el cual amenazaba con romperse a cada paso que daba. Atónito ante tal suceso, dudé un instante y pasados unos largos segundos sólo pude asentir con la cabeza en invitarle con la mano a tomar asiento.
Durante quince minutos, más o menos, ninguno de los dos articuló palabra. Únicamente permanecimos tumbados admirando la inmensidad del cielo negro, aunque yo le miraba de reojo de vez en cuando porque me seguía sintiendo inseguro con ese extraño ser a mi lado, más parecido a un boceto de Tim Burton que a un ser humano. De repente, mis ojos se abrieron como platos al ver que de aquellas esferas blancas que tenía por globos oculares brotaba una lágrima. Y más impresionado me quedé cuando vi que ésta no caía, sino que se desprendía de su esquelético rostro y comenzaba un vertiginoso ascenso hacia el cielo. Yo intenté seguir su recorrido hasta que mis ojos la perdieron de vista. Miré a Light, volví a mirar al cielo y nuevamente a él. Vi cómo se erguía hasta sentarse con las piernas en flor de loto, sin perder el contacto con la tierra. Yo quise hacer lo mismo pero mis pies eran más rebeldes que los suyos así que opté simplemente por estar cómodo. Cara a cara, Light sabía que yo esperaba una explicación de lo que había ocurrido. Y entonces decidió contármelo todo.

EL COMIENZO
Indecisiones, dudas, miedos, fracasos, dolor… en fin, estos son solo algunos de los fantasmas que han perseguido a Light a lo largo de toda su vida. Nunca le enseñaron que a veces tomar una decisión equivocada es mejor que no tomar ninguna, y que a la hora de tomar esa decisión, no hay que esperar que le parezca bien a todo el mundo; no hay que esperar que le parezca bien a nadie, salvo a uno mismo.
Se podría decir que Light siempre había vivido conforme a un plan establecido para él. Un plan escrito desde el miedo, que nunca le había dejado ser libre.
Desde muy pequeño, cada vez que hacía algo miraba a los que tenía a su alrededor, buscando una aprobación, que muy pocas veces llegaría.
Por algún motivo sus capacidades sensoriales y sensitivas eran más notables en nuestro amigo que cualquier otra cosa, pero nunca nadie le dijo que eso fuera una virtud. Nunca nadie le dijo que eso fuera nada. Los ideales bohemios de belleza, verdad, libertad y amor, unidos al de lealtad, valor que ha abanderado la existencia de Light, iban llenando su espíritu sin que nadie le hubiera dicho que tuvieran que hacerlo. Pero de eso él aún no se había dado cuenta. Era tan sensible que era capaz de percibir todas las emociones que levitaban en derredor. Llegó el momento, entonces, de que Light decidiera hacerlas suyas. Uno de los mayores errores de su vida. Pero cómo lo iba a saber, él sólo era un niño que quería ayudar a los demás a ser felices, nada más. No se daba cuenta de que la gente no quiere ser ayudada. Sólo quieren que les escuches, pero sin darles soluciones, porque entonces tendrán que decidir recorrer ese camino para poner fin sus problemas, y a veces es más fácil asumir un sufrimiento, que hacer lo posible por cambiar las cosas. A la gente le desagrada que le ayudes.
A medida que iba creciendo, mayor era la distancia que había entre él y el resto del entorno. Con el paso de los años, Light se iba dando cuenta de que el mundo en el que vivía no era, ni de lejos, el mundo en el que quería vivir.
Pasaron los años y todo lo que le habían dicho que debía conseguir para ser feliz, lo tenía. Y aun así, la ecuación no estaba resuelta, ya que lo que él sentía, no era felicidad, sino la satisfacción del trabajo bien hecho, fuera cual fuera la empresa en la que se embarcara.
A estas alturas Light ya había adquirido ciertas habilidades que, aunque no habían llamado la atención de nadie años atrás, en ese momento sí lo hacían, y provocaban la admiración de todo aquel que tenía la oportunidad de verlas, ya que Light no era muy proclive a mostrarlas. Por primera vez, se estaba dando cuenta de todas las cosas en las que era bueno. En ese momento nació uno de los más grandes poderes de Light, pero también su mayor debilidad, aunque él no lo sabía: La confianza en sí mismo.
Decidió así emprender un viaje espiritual que aún hoy le costaba definir, así que intentó explicármelo con todo lujo de detalles.

EL CHAMÁN
Árboles tan altos que se fusionaban en el horizonte de sus ojos, ramas tan fuertes que parecían inamovibles, hojas tan verdes que podía saborear su clorofila, ríos tan largos que parecían no tener fin, manglares tan grandes que provocaban respeto con sólo observarlos. Y la selva. Peligrosa de día y aterradora de noche, fue el hábitat de Light durante su viaje. Estas son sólo algunas de las cosas por las que Light se vio rodeado hasta que le encontró. Nunca había visto a nadie parecido. No supo en un principio si se trataba de un loco, un brujo, un guerrero, o dios sabe qué. Se acercó a él. Hacía semanas que no mediaba palabra con nadie y era la primera persona a la que veía desde entonces. De repente, el individuo agarró a Light del cuello y con una rapidez pasmosa deslizó suavemente su puñal por la boca de mi nuevo amigo. No ha sido capaz de describirme el pavor que sintió en aquel momento pero sí reconoció que nunca había experimentado nada similar. Realmente pensaba que había llegado su hora. Los segundos que pasaron le parecieron interminables, pero finalmente el desconocido, dejando por fin de mirarle fijamente a los ojos, se acercó a él hasta estar casi pegado y le susurró con una voz ronca y desgastada: “Light”. Apartó su cuchillo y dio unos pasos hacia atrás. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. Light no sabía qué hacer. ¿Cómo explicar lo que había pasado? Ese hombre tenía que tener algún significado en su vida, si no, ¿por qué el universo se lo había presentado en aquellas circunstancias?
No se lo pensó dos veces y comenzó a seguirle. Nada perturbaba el caminar decidido de aquel extraño, tampoco el de Light, que lo perseguía, curioso y ansioso por conocerle, a sabiendas de que el riesgo de muerte era casi total. Llegaron a un claro donde se podía respirar un poco mejor y donde había una solitaria cabaña de madera y un altar tallado a mano en medio del claro, rodeado por piedras blancas cuidadosamente colocadas en derredor. Light se asustó pero el hombre, justo antes de poner un pie en la cabaña, le dedicó una mirada amigable, que indicaba inequívocamente que le estaba invitando a entrar. Así lo hizo y se encontró con un sinfín de símbolos, figuras, colgantes, piedras, hierbas, líquidos, polvos y recipientes de los que jamás había oído hablar. Descubrió entonces que se encontraba delante de un chamán, y su miedo a lo desconocido fue aún mayor. Ya no se acordaba de aquella persona que, por su confianza, era capaz de todo. Ya no se acordaba del propósito de su viaje. Simplemente estaba allí, en aquel momento concreto, respirando cada soplo de aire, aprovechando cada instante de vida, haciendo del aquí y el ahora un todo, dejándose llevar por sus instintos, por su corazón, y no por su cerebro. La razón era inexistente en aquel lugar.
Con un ademán el chamán indicó a Light que se sentara a una mesa de madera vieja, carcomida y húmeda. Así lo hizo, se sentó en una silla desvencijada que parecía poder desplomarse en el mismo momento en el que una mosca se dispusiera a descansar sobre ella. El hombre se sentó frente a él, volvió a mirarle fijamente a los ojos y permaneció así unos minutos. Light, que no apartaba para no faltarle al respeto, se sentía cada vez más cómodo y relajado, pese a la intimidatoria figura de su compañero de mesa. Poco a poco, fue sintiendo que sus músculos dejaban de estar en tensión y le parecía haberse convertido en arena. Liviano, tranquilo, libre. Entonces comenzó a ser consciente de todo lo que había a su alrededor, y de lo que en realidad estaba haciendo. Y no le dio importancia a nada más. En ese momento, no existía nada fuera de la cabaña, no existía un tiempo que no fuese aquel. Entonces el chamán se levantó y comenzó a preparar un extraño brebaje en el que se mezclaban hierbas, polvos y líquidos de todos los colores y olores. Utilizando una tela porosa como filtro, lo vertió en un cuenco de madera y se lo acercó a Light. Nuevamente mostraba una mirada amable, que contrastaba mucho con la curtida cara de aquel hombre. Light acercó sus manos al cuenco, lo cogió con mimo, lo sostuvo unos instantes haciéndolo girar entre sus manos y se lo llevó a la boca. Bebió todo el contenido de un trago y volvió a dejar el cuenco sobre la mesa, que crujió como si fuera a venirse abajo. Lo que sucedió entonces fue realmente revelador.

LA TRAVESÍA
Light se encontró rodeado de niebla en una inmensa oscuridad donde sólo estaban el chamán, de pie, y él, tumbado.  Se levantó e intentó tocar a su compañero de viaje pero sólo era un espectro, una imagen translúcida que podía ser atravesada con total facilidad. Pero le llamó la atención una significativa diferencia en el aspecto del chamán, y es que se había convertido en una figura joven, esbelta y totalmente recta, mientras que él, aún no era consciente de su aspecto en aquella realidad.  Comenzaron a caminar por la escena y Light dedujo que la versión joven del chamán era su guía en aquella experiencia, en aquel viaje. Sólo un camino adoquinado y gris se presentaba ante ellos, el resto era oscuridad. A media que avanzaban metros en aquel extraño entorno, comenzaron a vislumbrarse escenas que a Light le parecían familiares. Lo oscuridad servía como telón para proyectarlas y él no se perdía ni una sola imagen de las que allí aparecían. Parecía una película de su vida, de su pasado. El chamán le acercaba a las cosas bellas y le alejaba de las que no lo eran, pero nunca le permitía detenerse a admirar o a temer ninguna de ellas. Solamente seguían caminando. Sin mirar atrás. Las imágenes de momentos pasados comenzaron a desvanecerse, dejando paso a un gran espejo donde por fin pudo verse reflejado. Era exactamente igual a la figura de sí mismo que conocía, pero sus ojos se habían vuelto totalmente blancos, sin mácula. Intentó apartar el espejo pero éste se volvió viscoso, casi líquido, y rodeó a Light hasta introducirse enteramente en sus ojos, que ahora ofrecían una transparencia cristalina. Siguieron caminando y luces de colores comenzaron a invadir el oscuro paisaje, reflejándose todas y cada una de ellas en los ojos de Light. Centrado en tales maravillas, casi había olvidado que su guía seguía con él. Éste se detuvo, se dio la vuelta y señaló al principio del camino:
     -Ya sabes dónde acaba, ya lo conoces, ya sabes a lo que te lleva. ¿Quieres que vayamos hacia allí?
Light dudó unos instantes, pero al fin y al cabo, nadie sabía qué había en ese camino cuando lo empezó. Y vio cosas buenas y otras malas, a su juicio. Había tenido tiempo para observar todo lo que había hecho, todo lo que le agradaba y le molestaba. Tuvo tiempo para observarse a sí mismo. Para hacerse consciente de todo. Pero también había visto algo que no conocía, y no lo había juzgado. No supo decir si todos aquellos procesos fueron los que le habían otorgado unos ojos transparentes, incapaces de juzgar si las cegadoras luces, eran buenos o malos. Sólo sabía que estaba allí, viviéndolo, sintiéndolo, él lo sentía real.
     -No, sigamos.
El chamán le miró, esbozando una sonrisa de satisfacción. Le cogió del brazo y siguió andando. Esta vez  sí notó el tacto de su guía. La aventura estaba tocando su fin. El resto del camino duró tan sólo unos segundos, el tiempo que tardó Light en volver a la realidad de la cabaña de madera. La niebla se disipaba y sus ojos volvían a la normalidad. El chamán le soltó el brazo y se sentó de nuevo frente a él, lo miró unos instantes, se levantó yendo hacia la puerta, la abrió y dando la espalda a mi nuevo amigo le invitó a marcharse. Light, empapado en sudor, salió de la cabaña. Ya no quiso entender lo que había pasado ni por qué. Simplemente había ocurrido. Aquel hombre le había enseñado lo inmenso y variopinto que podía ser su universo. Sólo él decidiría qué cabía en su vida y qué no. Jamás volvería a recorrer el camino que otros querían para él. Ahora, sentía una conexión con el universo como nunca la había sentido, y todas sus capacidades sensoriales adquirieron un nuevo sentido. Comprendió el verde de las hojas, la dureza de las ramas y la frondosidad de la selva, así como la necesidad de su oscuridad. Su sensación era de éxtasis y no quería que se acabase ese momento. Pero como había aprendido durante su viaje, no debía aferrarse a las nubes que pasaban por su cielo, a ninguna. Sólo vivirlas y observarlas. Ser consciente de cuanto le rodeaba. Ser consciente de todo. Ahora, era libre. Su mochila estaba llena de experiencias, pero había llegado a tal estado de felicidad por unos instantes, que sabía exactamente lo que tenía que hacer, así que vació su mochila antes de volver, pues si no lo hacía, si no dejaba atrás todas esas cosas maravillosas que había vivido, jamás podría llenarla de otras cosas increíbles en el futuro. Y eso no podía ser, pues el Light que volvía, no era ni parecido al que se había ido. En su mirada había entereza, decisión y fuerza; tres cosas de las que carecía cuando emprendió su viaje.

DE VUELTA A LA REALIDAD
Light, se dio cuenta entonces de que esa etapa había terminado. Y debía volver a decidir por dónde continuar caminando. De ese momento ya no habría nada que no pudiera conseguir. O eso pensaba él.
Y entonces la vio. En uno de sus viajes mentales percibió su presencia en el mundo y la vio. Era el ser más hermoso que jamás había visto.  Supo que su camino era ese. Había descubierto un tesoro y estaba dispuesto a alcanzarlo. Y se olvidó de la regla de oro: “Disfruta de la obra, no del fruto de la obra” (Alejandro Jodorowsky). Desde aquel momento su vida se centró en conseguir estar con ella, y realmente alguna conexión del universo quiso que se conocieran. Inventó a dos figuras y quiso ponerlas cerca para que se encontraran en el camino. Y la experiencia ciertamente fue increíble, irrepetible. Pero al olvidar la regla de oro dejó de disfrutar de algunos momentos, dejó de valorar algunos detalles, y aquello se convirtió en algo peligroso, dañino unas veces, y vano otras. Y fue entonces cuando intentó refugiarse en la jaula de donde nunca creyó que tenía que haber salido. Ya no aguantaba más. Su estrella se había ido y su luz se estaba apagando. Cómo avanzar, cuando todos los valores en los que creía se estaban desangrando.  Ya ni podía ni quería brillar más. El miedo le decía que podían volver a apagar su luz.
Y cando pensaba que ya nadie vendría a ayudarle, cuando se encontraba en lo más profundo de su pozo, sin querer mirar hacia arriba porque la luz le molestaba; el espíritu del chamán voló hacia Líght, se metió de nuevo en su mente y le recordó lo que había aprendido con él. Todos podemos elegir cómo enfrentarnos ante una situación, con miedo, o con entusiasmo. El camino que llevaba hasta el pozo ya lo conocía, ya sabía dónde acababa. Y no le gustaba. Entonces volvió a ver a la estrella que en su día le acompaño. No en el mismo estado, pero sí con el mismo espíritu. Podía sentir de nuevo su presencia. Y fue entonces cuando también él experimentó un cambio radical, casi como una metamorfosis.

METAMORFOSIS
Todo el proceso comenzó con una lágrima que ascendía hacia el cielo. Y yo lo presencié. La gota regresó a su dueño, que perdió el blanco de los ojos y éstos se quedaron transparentes. Exactamente igual que en su viaje con el chamán, sus ojos estaban dispuestos a ver todo lo que la vida le ofrecía. Y decidió vivir cada segundo como si fuera el último. Siendo consciente de todo una vez más. Volvió a saborear cada sorbo de aire, cada pequeña acción, cada detalle, por nimio que pudiera parecer. La transformación se había completado también en esa realidad. Había estado cubierto de sombras, y después había decidido aprovechar los pequeños claros que le regalaba el universo para conseguir llegar a la luz. Había alcanzado nuevamente el éxtasis. Light, había despertado.

RENACIMIENTO
De repente la vio. Nuevamente la vio. Con otra forma, con otro cuerpo, pero el mismo espíritu. Allá arriba, en el cielo negro, su compañera existía de nuevo para él. La estrella que le había acompañado y a la que había creído perder estaba ahí, mirándole. Y decidió saborear todo aquel momento er que su estrella se acercara a verle. Y entonces Light volvió a brillar.
Su cuerpo empezó a volver a la normalidad. El haz de luz que tenía delante de mí se apagaba dejando paso a la figura de un ser humano.
      -Gracias por haberme escuchado, amigo. Me has ayudado mucho.
Yo le contesté con una mueca, expresando mi agradecimiento y respeto por haberme contado su historia. Ha sido apasionante, nunca la olvidaré. Light ha sido una compañía muy interesante. Espero volver a verle algún día.

martes, 12 de agosto de 2014

La adoración del tiempo

Referencia: http://lonkopang.wordpress.com/
El hombre práctico entró en la caverna. Era una antigua mina en la que había trabajado su padre. Su mirada se posaba en este y aquel rincón, allá donde la piedra desmenuzada le hacía imaginar hombres manchados de polvo alzando picos al aire y descargándolos sobre las entrañas de la Tierra, sin rabia, sin odio, con puro método. El vacío actual de la caverna le producía una sensación extraña, de pérdida. Como si sus visiones tuvieran tintes de ficción, de haber sucedido en una realidad distinta, separada de la nuestra por otras barreras además del propio tiempo.

El hombre práctico era de edad casi anciana y pensamiento moderno. Rechazaba la importancia que los hombres que fluyen le daban a la historia, y la vacua manera en que la utilizaban. La esgrimían éstos como raison d'être para discursos nacionalistas, tradiciones milenarias, incluso para malditas leyes y derechos. Le asqueaba. Tal vez hubiera razones en la historia para justificar todas estas cosas en ella contenidas, y estaba dispuesto a escucharlas. O tal vez no las hubiera, y la antigüedad de ciertas tradiciones fuera el único argumento que hoy en día justificaba su existencia, y estaba dispuesto a mandarlas al infierno. Y sin embargo, mirando esas piedras, no podía evitar sentir que había algo en el pasado, en el tiempo ya realizado, que lo hacía misterioso, eterno, perfecto. Esas piedras que prolongaban su descanso desde que en la distancia, su padre las hubiera horadado en un rincón distinto del universo, y mucho antes muchos otros, billones de kilómetros más lejos de Andrómeda.

El hombre práctico creía estar en posesión de la verdad, y creía ser flexible para rectificar y abrazar verdades más puras, y creía por encima de todo en la verdad y nada más. No creía en la libertad, en la decisión, en la culpa ni en el mérito, no creía siquiera en la opinión. No tal y como los hombres que fluyen entienden todas esas palabras. Él se sabía un animal maquinal, un esclavo de su propia esencia, y por tanto condenado a ser libre. Pero sabía también que la mayoría de sus decisiones se tomaban sin que lo que él sentía como su parte racional tuviera parte. Es por esto que se maravillaba del pasado, y de maravillarse. Por esto que podía exponer durante horas reflexiones profundas que le hacían parecer más joven y moderno de lo que testificaba su rostro. Y luego mientras cocinaba, comía, cagaba, o recogía todo lo anterior, encontrarse lamentando el tiempo perdido de una forma tan patética y liviana.

El hombre práctico se dio cuenta de qué era lo único que realmente teníamos de valor en el curso de la vida, cuando menos de aquello le quedaba.
Y lo anhelaba.
Entendió por fin la importancia del tiempo, el peso del tiempo, entendió su adoración. A qué otra cosa se podían aferrar los pobres hombres, tan conscientes de sí mismos, tan conscientes del tiempo, tan inseparables ambas consciencias.
Y lo aceptó, como uno acepta necesariamente aquello que entiende.
Todos sus viajes de conocimiento le habían alejado de la creencia común, pues todo aprendizaje es rebeldía, y con el tiempo, se había dado cuenta de que todo volvía, de que el viaje era un círculo. Que al final siempre aguardaba la aceptación.
Agachado en un monte, devolviendo un excremento a la tierra, tomó una hoja caída y seca. Pensó en el árbol, en la piedra, en la catedral, en Napoleón. En su propio legado.

El hombre práctico era demasiado viejo para desear vivir mil años. Pero en ese instante, tan banal y especial, deseó vehemente que el tiempo fuera también un círculo.

viernes, 8 de agosto de 2014

CANSADO

Vivimos anclados en un cinismo impresionante, más grande que todos los océanos del mundo (Julio Anguita).
Estoy cansado. Cansado de la gente que se dedica a ir por la vida aparentando ser quien no es; de la gente que se empeña en camuflar su cotidianidad y rutina bajo un inmenso telón de secretos y misterios que sólo ellos creen poder resolver. Cansado de toda esa mierda del quiero y no puedo que me intentan hacer tragar cada día. Cansado de las falsedades, de mentiras, de los trucos y triquiñuelas que veo a cada paso que doy. De todos aquellos que creen que van un paso por delante de los demás, cuando en realidad van dos por detrás. Cansado de los que piensan una cosa, dicen otra, y hacen otra. De todos aquellos que creen que todo lo que tienen lo han conseguido sin ayuda, que no le deben nada a nadie. Estoy harto de todos lo que ansían conocer gente y ni siquiera se preocupan por conocerse a sí mismos. Estoy cansado, harto, saturado de toda la basura que tengo que escuchar cada día mientras me muevo por estas calles repletas de vidas tan vacías que se creen tan llenas. Me siento inmóvil al ver a través de la lluvia que brota de mis ojos que la gente acepte mejor un “estoy jodido, pero tirando” que un “estoy contento, soy feliz”. Me abruma la idea de que el sistema de seguridad de nuestro cerebro elija lo malo conocido, en vez de lo bueno por conocer, y así, no nos deje evolucionar hacia un estado de felicidad mayor que el que las reglas, estándares y estereotipos de este podrido mundo nos deja conocer, y por los cuales se supone que debemos de dar las gracias. Me compadezco de todo aquel que tome lo que ven sus ojos como verdad absoluta, sin ser consciente de nada. Me río de los que ven su éxito en el fracaso de los demás. Y yo, sólo espero poder seguir teniendo tiempo, tiempo para los míos; para los que quiero y para aquellos que me quieren. Tiempo para sentir la calma que reina en mi alma por las noches, justo antes de cerrar los ojos por completo. Tiempo para intentar ser mejor persona cada día. Tiempo para corregir errores. Tiempo para poder seguir apreciando todos esos detalles que se nos quieren regalar, y que la mayoría se esfuerzan en no ver, obnubilados por la gran mentira de sus manipuladas mentes: creer que sí lo hacen.
Creo firmemente en la idea de que no tengo que ser la persona que otros quieren que sea, ni dar ningún tipo de imagen que ni tengo ni quiero tener, simplemente porque esté bien vista por los que me dedican una sonrisa falsa mientras me miran de soslayo. No quiero impresionar a nadie, ni decepcionar a los que confían en mí. Por eso no puedo hacer otra cosa que enseñarles quién soy cuando hablan conmigo. Simplemente soy yo mismo, sin caretas innecesarias, sin filtros de instagram para parecer mejor de lo que soy. Con mis virtudes y mis defectos (que intento corregir). Las personas que me miren a los ojos, simplemente verán a Samuel San Juan, nada más.

Disculpad, si esperabais otra cosa.

jueves, 7 de agosto de 2014

EL HOMBRE DEL TRAJE


Me encuentro sentado. En contacto con la tierra. Nuevamente rodeado de un entorno neblinoso que no me permite ver más allá de lo que tengo justo delante de mis narices. No sé si mi cerebro no me deja observar todo lo que debería o me está obligando a centrarme en aquello que tengo que observar. De todas formas me olvido de esa sensación e intento aprovechar el momento para visualizar lo que se me ofrece en este instante. Es extraño el personaje que tengo delante de mí. No me gusta. Es una versión demacrada de mí mismo, llena de odio y deseos de venganza. Vestido con un traje oscuro, camisa blanca y una corbata verde, me mira, muy recto. No aparta su mirada de mí y su gesto es de total desprecio. Claramente su expresión es la de alguien que me aborrece por no seguir los pasos que él establece para mí. Creo que lleva tiempo intentándolo pero se está dando cuenta de que  ya no le quiero seguir. Y por eso deja que lo vea. Quiere advertirme, amenazarme, meterme miedo en el cuerpo. Desea que todos sus sentimientos, prejuicios y odio se introduzcan dentro de mí nuevamente y pueda manejarme a su antojo. Un aura verde comienza a rodear a este ser y sus ojos se tornan cada vez más rojos. Su cara se vuelve gris, casi llega a mimetizarse con el traje. Abre la boca y sólo veo que de ella sale un humo negro que llega a asustarme incluso más de lo que había hecho su metamorfosis hasta el momento. Pero lo único que yo hago es decirle que ya se puede ir, que no quiero seguir con él a mi espalda, que lo que él me ofrece ya no lo quiero, ya no lo necesito. Ya no me hace falta su protección. Ahora soy más fuerte. El humo que sale de su boca termina por rodearle y mientras vuelvo a la realidad contemplo cómo se disipa entre la nada. Pero en el último instante, justo antes de regresar a mi estado de consciencia habitual, veo cómo el humo persigue mi boca y mi nariz, y las invade por momentos. Despierto y todavía siento el sabor a hierro y azufre en mi paladar. No he conseguido dejar atrás al hombre del traje, pero creo que sí lo he conseguido domar en gran medida. Puede que cuando lo vuelva a ver me mire de otra manera. Puede que en nuestro reencuentro, mantengamos una conversación. Quizá no deba apartarlo de mí, sino agradecerle los servicios prestados y decirle que a partir de ahora ya no va a tener tanto protagonismo. Quién sabe, ya lo decidiré cuando llegue el momento. Hasta entonces, no merece la pena preocuparse. Hasta la próxima, hombre del traje. Hasta el próximo cigarro.

jueves, 31 de julio de 2014

VIAJE INTERIOR (1)

Es medianoche. Estos cigarros trucados han conseguido por fin modificar mi estado de consciencia habitual y transportarme a la realidad que más me gusta, aquella en la que mis alteraciones del ego y yo nos encontramos unos frente a otros y debatimos sobre la naturaleza de la existencia de cada parte de mí. Tres figuras son las que se muestran claras ante los inmortales ojos de mi ser esencial. Las otras 6 son sólo sombras que dejan entrever una figura parecida a la mía. No es la primera vez que me siento delante de mí mismo a conversar con el observador, pero nunca había conseguido hablar con tres de mis capas, ni mucho menos llegar a ver tantos desdobles de mí mismo.
La primera de las figuras, situada justo a mi izquierda, permanece impasible, aunque no ajena al hecho de que su raíz (yo) está escudriñando la escena hasta el más mínimo detalle. Obviamente, me encuentro ante el observador, al que ya conocía. A su izquierda puedo ver un personaje que, en silencio, como si fuera una película de cine mudo, está rasgando su garganta sin parar de quejarse, de mostrar su rabia, deseando acabar con aquello que considera injusto, pero sin hacer nada más que eso, quejarse. A continuación aparece un viejo conocido, un reflejo de mí que está llorando, lamentando todo lo malo que le pasa; un individuo que no ve nada más que oscuridad porque ni quiere ni se atreve a levantar la cabeza, a buscar la llave de su celda, pues puede que la encuentre y tenga que recorrer el desconocido camino hacia quién sabe dónde. En el lugar donde se encuentra ahora sólo hay amargura y miseria, pero al menos es conocido, familiar, casi amado gracias a un desmesurado síndrome de Estocolmo. El resto de figuras que habitan en este momento el flotante espacio entre la nada y yo, son irreconocibles, aunque se puede inferir su existencia, por la energía que desprenden hacia la raíz.


La experiencia de hablar con mis tres aliados, pues son eso y no al contrario como pueda parecer en un principio, está resultándome increíble. Exceptuando al observador, los otros dos se quedan mirándome como si comprendieran lo que yo estoy diciendo. Y tengo muchas ganas de decirles todas estas cosas. Sin dejar de mirarles, mientras hablo puedo ver que les estoy transmitiendo al cien por cien el mensaje que necesitan escuchar… Por fin entienden que no son partes individuales que se encuentran ante un super-yo, sino que son yo mismo, cada uno en un estado y realidad diferentes. Pero he podido conectar con todos ellos, transportándolos al mismo lugar para decirles que comprendo su causa, pero que tal causa es la de todos los presentes en esa extraña realidad, y que la causa del resto también es la suya. Así interiorizamos que todos somos aliados unos de otros, y no personajes ajenos a los que odiamos por no ser como queremos que sean. Y acordamos que todos vamos a ayudarnos unos a otros, pues es ayudarnos a nosotros mismos. Poco a poco me voy despidiendo, y aunque no percibo muy bien si me dicen algo o no, sus rostros exhiben con firmeza el propósito de comprender lo que son, procesos de una personalidad que no deben detenerse, ni desaparecer o ser abatidos por un héroe. Únicamente están ahí para ser observados. Pero de esto último, quizás hablemos en el próximo cigarro.