Me detengo un segundo ante esos ojos pícaros, esos ojos a los que prometí no rendirme más hace apenas unos minutos. Me digo a mi mismo "sé fuerte", pienso en buscar un espejo para mirar los míos, e intentar escudriñar qué es lo que quieren ellos. Pero sé lo que quieren, la quieren a ella. Quieren mirar los suyos, sus ojos, y preguntarse una vez más lo que quieren. De todas maneras, ya es tarde, ya han pasado más de tres segundos y me veo atrapado en su embrujo de nuevo. Sus ojos sonríen. Me pregunto si realmente mi felicidad pasará por la de ella. Si mi egoísmo es la devoción. ¿Me levanto? ¿Le acaricio el pelo, la cara, los labios? ¿Le beso la frente, la oreja, los párpados? Ya es tarde otra vez, ella se levanta del sofá en el que estaba tumbada y viene hacia este pasivo observador. Su boca también sonríe, todo su cuerpo. Se sienta en mi regazo y besa mi frente, mi pómulo, mi nariz. Zambullo mi cara en el hueco entre su pelo y su cuello. Olisqueo, rozo mi piel contra la suya, la busco con los labios. Rodeo su cuerpo, lo aprieto gentil, acaricio sus costillas con mi mano abierta por encima de su ropa. Me siento entonces seguro, atrevido para hacer lo que antes no pude, o no supe si podría. Ella besa la comisura de mis labios y entonces yo le sujeto la nuca, le acaricio el nacimiento del cabello, y busco su boca, a través de lo que parecen kilómetros de aire. Cuanto más me acerco, más lejos está. Ella se ríe en alto, mientras se inclina hacia atrás. El peso de su cuerpo inclinado la ayuda a levantarse con rapidez de mis piernas, que se lastiman del vacío que es el peso del aire, y tiemblan quejosas. Intento atrapar su ropa mientras se aleja de nuevo al exilio inalcanzable de su sofá, para detenerla, pero ella aparta mi mano con un agresivo pero grácil ademán, mientras sigue riendo. Mira hacia atrás con picardía, hacia mí. Se tumba, yo estoy a punto de levantarme, pero en ese momento ella mira hacia otro lado y mi fuerza se me escapa del pecho por todos los poros de la piel, como si fuera éter, o algo tan volátil que no lo pudiera contener ni una esfera de vidrio. Como el calor. Y así me quedo, frío. Si ella no me mira, no me atrevo a avanzar. A ir y tomar lo que quiero para mí, reclamarlo mío como un conquistador. Porque lo que yo quiero, es que ella quiera que lo haga. Intento mirar su cogote, traspasar su cráneo con mi mirada para verme a mí mismo allí dentro, tomándola por la cintura, girándola, clavándole la mirada y hundiendo mis dedos en su carne por debajo de su ropa. Pero no veo nada, todo esta opaco, y a cada segundo, más negro. Ni sus ojos sé leer, cómo iba a leer su cogote.
¿Y si quiere que lo hagas? ¿Y si lo que ella quiere, precisamente, es que tomes lo que quieras y lo hagas tuyo por derecho?
¿Y si no?
Maldito cobarde...
EGOÍSTA SAGRADO
Bienvenidos. No sabemos si escribimos para uno, ninguno o cientos. Pero en este momento no nos preocupa. Lo único que queremos es compartir historias que pueden ser, he aquí lo más interesante, ciertas en su totalidad, parcialmente o imaginarias al cien por cien. Eso lo dejamos a tu elección. Sólo tú decides con qué parte te quedas. Sólo tú puedes descubrir entre estas líneas, herramientas que te ayuden, te diviertan o simplemente que hagan que nos odies. Todo, absolutamente todo, lo decides tú.
domingo, 15 de febrero de 2015
martes, 3 de febrero de 2015
VIAJE INTERIOR (II)
Pura, blanca, perfecta. Mis pies
descalzos están cansados de caminar sobre la nieve esperando encontrarlo. A mis
piernas ya no le quedan fuerzas para seguir buscándolo. Mi espíritu quiere seguir,
en algún sitio tiene que estar. Pero mi cerebro ya no puede más, y me hace postrarme
sobre esta fina alfombra que hiela mi cuerpo. Se acabó, es el fin, me he
desplomado y no volveré a levantarme. La llanura blanca que he dejado atrás es
inmensa. Y la que se muestra frente a mí no es menor. No puedo avanzar. Tampoco
volver. Mis ojos se van cerrando mientras pienso en las razones que me han
traído hasta aquí, en el motivo de mi viaje. Ya no importa, ahora sólo resta
esperar. Todo empieza a ser cubierto por una niebla espesa que no me deja
vislumbrar ningún tipo de horizonte. En menos de un minuto la veo, aquí está,
ha venido a buscarme, a llevarme con ella, a poner fin a esto. Relajado, en
espera de lo inevitable, mantengo mi mirada fija en su figura, que al ir
tomando forma no hace más que turbar mis sentidos. No veo ninguna parca,
únicamente luz. Por un momento pensé que podía ser el recuerdo de Light, o
quizá el espíritu de su chamán. Pero no podía estar más equivocado, pues lo que
estoy viendo no es ninguno de ellos, o quizá sea la conjunción de ambos, no lo
sé. Se acerca a mí, despacio, levitando sobre la nieve. Su luz es cegadora y a
medida que se aproxima mis ojos pierden más y más la capacidad de distinguir.
Pero por algún extraño motivo mis fuerzas se recuperan a cada segundo que pasa,
con cada metro que avanza. Al llegar a mi altura se arrodilla ante mi cuerpo,
todavía postrado en la nevada tierra, respira hondo y reposa su mano en mi
frente, dejándola caer suavemente por mi rostro. Su luz se atenúa y el humo
verde y gris renace hasta envolverme de nuevo. Mi cuerpo vuelve a estar en
plenas facultades, pero mi mente sigue aturdida. Rápidamente me incorporo al
contemplar cómo el ser se desvanece.
- ¡Espera! ¿Quién eres?
- Sangras por heridas que no son tuyas, deshazte
de ellas.
Pero, quién demonios es. Y cómo
sabe… No hay tiempo, se va.
- ¿Por qué me ayudas? ¿Por qué has venido a
salvarme?
- No hay luz sin oscuridad. Acéptalo. Sólo así
liberarás al hombre del traje de su condena. Sólo así será tu aliado.
Cómo es posible que sepa de la
existencia del hombre del traje, quién es, tengo tantas preguntas, pero se va,
desaparece.
- ¡Alto, por favor! Dime, qué esperas que haga
aquí. No hay nada.
Su femenina figura se detiene un
instante. Su pelo describe una honda que parece no tener fin al tiempo que gira
la cara, luciendo unos inmensos ojos verdes, profundos como las aguas de un
océano. Su cabello castaño casi llega al final de su vestido blanco, sin mácula
alguna. Todavía irradiando algo de luz, termina de desvanecerse al tiempo que
pronuncia unas últimas palabras con una voz indescriptible...
- Lo hay todo, amigo de Light. No pienses en cuán
duro es el camino, sólo recórrelo. Y cuando lo encuentres, tráelo de vuelta a
casa. No lo pierdas, pues te perderás a ti mismo también.
De pronto su luz, que casi había
desaparecido, brilla en todo su esplendor invadiendo la escena hasta cegarme
por completo. Caigo al suelo, sin poder hacer nada salvo esperar a que todo
pase.
Abro los ojos pero ya no sé ni
dónde estoy. Mis pies ya no se ven descalzos y no me rodea la inmensidad de la
niebla, sino un bosque frondoso, verde y marrón, con unos árboles tan altos
como me alcanza la vista. El piso es de tierra y piedra, cubierto por las
desangeladas hojas que han abandonado a su árbol. Estoy sólo, y ante mí sólo se
ofrece un camino.
Numerosas dudas se ciernen sobre
mi cabeza: ¿quién era ese ser? ¿por qué había ido a ayudarme? ¿qué relación
tiene con Light? ¿la habrá mandado él venir? ¿Qué es lo que se supone que tengo
que traer de vuelta a casa? ¿Qué es tan importante?
¡Basta!, es absurdo que siga
haciéndome esas preguntas aquí quieto. Sólo ese camino me revelará todo lo que
deseo saber. Al menos parece que es la única salida que me queda, o quizá es la
que debo ver en este momento. Sea como sea, comienzo a andar. Mis pasos
resuenan en todo el bosque y mis pies van rompiendo pequeñas ramitas y
rechinando con las piedras a casa palmo de terreno que recorro. El aire es
puro, renueva mis pulmones. Los árboles parecen querer hablarme, pero no les entiendo.
El camino se presume totalmente virgen, está claro que es la primera vez que es
recorrido. Avanzo dejando atrás la oscuridad, y llego a un lugar que me hace
pensar en si estoy muerto, porque es lo más parecido al paraíso que puede
concebir mi mente. Kilómetros de pradera verde, nueva, adornada con gotas de
rocío en cada brizna de hierba. En definitiva, vida, en su máximo esplendor.
Todo tipo de flores acompañan a aquel maravilloso paisaje, que deja su corazón
a un inmenso lago de aguas cristalinas. No me lo puedo creer, no me iré nunca
de aquí. Corro hacia la orilla esperando ver algún pez, y me subo en la única
barca que hay anclada en el pequeño embarcadero. Parece que el sitio esté hecho
para hacer feliz a la gente. Pero cuando me alejo tan sólo unos 20 metros de la
orilla, un giro radical convierte el color en blanco y negro, la alegría en
miedo y la esperanza en ira. La barca se sigue moviendo sola. No sé cuánto
avanzamos ni por dónde me lleva, pero cuanto más me acerco a aquella sombra que
parece la muerte, más la reconozco.
Ahora lo entiendo todo, ahora sé
a quién he venido a salvar. Ahora sé a quién tengo que llevar de vuelta a casa.
A aquel que no desea ser salvado. Sin duda, esto va a ser muy difícil. Jamás
pensé que tuviera que hacer algo así, por el hombre del traje.
Una calma aterradora colapsa el
tiempo hasta hacer detener la barca cerca de él. Le veo. Está en otra barca,
sentado, con la cabeza metida entre las piernas y desprendiendo su habitual
humo negro, que en este caso exhibe tal poder que es capaz de envolver la barca
también. ¿Por qué está ahí? Y sobre
todo… ¿por qué he de ayudarle? Desde que identifiqué a este desdoble de mi
personalidad lo único que ha hecho ha sido atormentarme, hacerme daño, dejar
que mi espíritu caiga en una espiral autodestructiva de la que me ha costado
mucho salir. No entiendo por qué demonios mi salvadora me pidió entonces que lo
llevara de vuelta a casa.
Intento recordar sus palabras.
No, demonios no. ¿Por qué habría de hacer nada por él? Volverá a hacerme creer
que yo… dios, no entiendo lo que estoy a punto de hacer. Las palabras de mi
ángel todavía resuenan en mi cabeza… “Tráelo de vuelta a casa. No lo pierdas,
pues te perderás a ti también”. ¿Qué relación tiene ella con el hombre del
traje? ¿Por qué lo quiere de vuelta? Se supone que quería ayudarme.
Cojo un remo y me acerco a su
barca, no me lo puedo creer. Me adentro sigiloso en el humo negro y me siento
frente a él, esperando una reacción que tarda en llegar. De pronto, el hombre
del traje levanta la cabeza y me mira con unos ojos rojos como el fuego del
infierno. Su boca exhala una maldad como jamás he conocido. Desde luego, algo
extraño le sucede. El humo verde y gris que emana de mi ser comienza a
mezclarse con el humo negro que brota de su cuerpo hasta envolver todo lo que
mis ojos alcanzan a ver. La barca empieza a moverse y perdemos el control. Cada
vez hay más humo, cada vez hay más miedo. La escena gira sobre sí misma y para
cuando se detiene y consigo recuperar el equilibrio ha desaparecido el valle,
la barca y el hombre del traje. Ya no hay humo, ya no hay nada. Sólo un camino
largo y angosto de piedra negra y desgastada que me separa del hombre del
traje. Está levitando en el aire, inconsciente, crucificado, goteando sangre. No
hay humo pero no consigo distinguir si sigue vivo, aunque sólo tengo que
recorrer unos metros para comprobarlo. Comienzo a andar y de repente mi cuerpo
parece estar hecho de plomo, casi no puedo avanzar y por más que intento
recurrir a mi protector humo verde y gris no soy capaz de invocar a ninguno de
los aliados que sirven a mi espíritu. Estoy sólo.
Armándome de valor, sigo adelante
esperando que esto acabe pronto, pero de repente me veo obligado a arrodillarme
esclavo del dolor que me produce oír el aullido que ahora mismo nace de alguna
parte de este extraño lugar. Es como si todos los miedos, las súplicas, las
quejas, el dolor que he sentido durante mi viaje hubiesen renacido para acabar
conmigo ahora. Soy muy consciente de cuál es cada sonido. Conozco cada nota de
esa escala y jamás podrá volver a hacerme hincar la rodilla. Me levanto poco a
poco, desterrando el dolor de mis oídos al oscuro fondo negro que hay bajo el
camino que recorro. Y así, puedo avanzar hacia mi objetivo.
Cansado, pero a la vez más
fuerte, sigo mi camino. A los poco metros mi cuerpo comienza a sentirse débil y
de pronto algo invisible golpea mi cara con la fuerza de un tornado. Caigo al
suelo de nuevo y aunque aturdido intento ponerme de pie lo antes posible. Pero
otra vez muerdo el polvo. No sé qué me está golpeando pero es muy fuerte.
Vuelvo a levantarme, cada vez más débil, y vuelvo a caer de nuevo. Ignoro qué
es o dónde está, pero jamás podrá vencerme de esta manera, ahora ya no. Quieto,
me quedo quieto, sentado, en contacto con la tierra. No pienso, observo, sólo
observo. Esta vez no me levanto, no me pongo en pie, eso no ha funcionado hasta
ahora así que no veo por qué va a empezar a funcionar de repente. Así que me
dedico a observar, a escuchar a mi entorno, por reducido que sea. Pasan los
segundos y no siento nada, ni un solo golpe, ni un roce. Ahora te veo. Ahora sé
dónde estás. Jamás podrás volver a tocarme. Todos, están todos y cada uno de
los golpes recibidos durante mi viaje los que están intentando lanzarme al
horror de la espiral autodestructiva de nuevo. No lo entienden, es imposible
que consigan vencerme. Sigo inmóvil, inmerso en un estado meditativo ya muy
conocido, y a la vez muy nuevo. Esto no es una prueba de resistencia para mi
cuerpo, sino para mi mente. Ahora lo entiendo, ahora soy consciente. Ahora,
puedo dejar que esa nube que me ataca se vaya. Ahora, soy yo el que es
invisible para ella, y contemplo cómo se aleja dejando libre el camino hacia el
hombre del traje, que sigue crucificado en la nada, sin conocimiento, y puede
que ya sin rastro de vida en él.
Es muy poco lo que me separa de
él, ya casi puedo tocarle, pero cuando extiendo la mano para hacerlo algo me
detiene. Siento mucho miedo, no puedo hacerlo, no puedo seguir. Soy débil, soy
un cobarde, no me atrevo a salvarle, nunca podré hacerlo. Yo no debería estar
ahí, yo no soy nadie, debería haber muerto en la nieve. Cómo pude creer que el
paraíso al que me había transportado era para mí. La gente como yo no merece el
paraíso. La gente como yo no merece nada, sólo la muerte, la caída al vacío, la
espiral autodestructiva de la que nunca debí haber salido. Al menos ella me
entendía y de vez en cuando me dejaba ver la luz, aunque no tocarla, porque no
me lo merezco. Necesito salir de aquí, necesito huir. Quiero caer, quiero
volver a mi jaula, donde estaba protegido, donde nadie podía atacarme, donde
nadie podía hacerme daño. Quiero salir, salir… ¡QUIERO SALIR DE AQUÍ! Noto cómo
mi cuerpo refleja todos los miedos que estoy sintiendo. Cada vez me siento más
débil y creo que estoy a punto de perder el conocimiento. Apenas me queda un
suspiro. Dicen que cuando estás al borde de la muerte toda tu vida pasa ante
tus ojos. Pues yo no puedo dejar de pensar en este dolor que está quebrando mis
huesos, que atenaza mis músculos y me corroe por dentro. No puedo dejar de
pensar en que todo lo que estoy sufriendo ahora es culpa del hombre del traje y
de quien me dijo que lo llevara de vuelta. Mis ojos se resisten a mantenerse
abiertos. Se acabó, ya no puedo más. Dejo de pensar. Dejo de sentir. Dejo de
existir. Esta vez, he perdido.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Uniones fugaces
Odio a este tipo de gente que siempre pregunta por cierto animal o persona, y sienten que nadie en el mundo los quiere más que ellos, ni siquiera el tipo que se queda cuidándoles, dándoles de comer y limpiando su mierda, mientras ellos están de viaje, de fiesta, o simplemente demasiado ocupados para hacer más de una visita al mes, tal vez al año.
Cuidar a alguien no es todo cariño, hay momentos desagradables en los que te gustaría pegarles, o que se mueran de una vez. La emoción que se va forjando tiene mucho de amor y también de odio. Pero ese amor que surge entre toda esa rabia y esa mierda que has de limpiar de un culo, o recoger de un plato roto en el suelo, es el amor que realmente tiene mérito, el que me abruma. Tal vez sea por pura insistencia, por el apego que uno siente por todo lo que le resulta familiar, incluso aunque quiera perderlo de vista. Ese miedo a perder algo que siempre estuvo ahí, y que tu vida cambie de repente y tú te encuentres totalmente perdido, sea el cambio a mejor o peor. Pero desde luego es más maravilloso amar aquello que odias que amar algo por las buenas risas que te echas de vez en cuando con su parte más amable.
No pido nada a cambio, ni mucho menos herencias o dinero, o que tu perro o gato te preste más atención a tí que a nadie, pues entiendo que las relaciones de amor-odio son complicadas en ambos sentidos. Pero qué mínimo que tener un último recuerdo, que cuando vean la rueda del coche del que ya no pueden escapar, recuerden las caricias y los golpes del tipo que les ponía la comida en el plato, todos los días. Que antes de pasar al otro lado, mires durante un segundo al tipo que esta en segunda fila con cara de llevarlo bien, intentando disimular una lágrima de terrible gravedad, detrás del oportunista que te sujeta la mano a pie de cama con gesto compungido y forzado. Mira por encima del hombro de ese hijodeputa y ama, sólo eso, sólo un segundo, al tipo que limpió la mierda de tu culo.
No importa cuál de los dos te haya traído más felicidad, no digo que lo desprecies. Pero uno de los dos es, y has sido para él, una pequeña parte de la vida, un risa fugaz en una larga tragicomedia, y para el otro, has sido su vida. Usa uno solo de los segundos de la tuya para reconocerlo, no a él, a ti mismo. Ama en tu último segundo al amor más grande de los que hay en esa habitación. Ten al menos esa decencia.
jueves, 14 de agosto de 2014
LAS CRÓNICAS DE LIGHT
Hace ya unos meses que conocí a
Light y me contó su historia. Encerrado en mi raciocinio, agobiado por la tibia
fragilidad en la que veía envuelto a mi espíritu, entre la oscuridad de mis
pensamientos y la claridad de mis actos, ocultos tras el ya familiar humo verde
y gris, fui capaz de vislumbrar una sombra que al principio se me antojaba
aterradora. Yo no tenía otra cosa en la que pensar que la cotidianidad de mi
rutinaria vida, ni otra cadencia que la de convertir en montaña cada granito de
arena que me encontraba en el camino.
Bajo un inmenso manto de
estrellas, y ante la incesante mirada del conejo guardián de la luna se acercó
a mí, se presentó y me preguntó si podía sentarse a mi lado a conversar. Frente
a mí se encontraba una figura negra, desdibujada y consumida por dios sabe qué
o quién. Sus ojos eran totalmente blancos, igual que la raída pajarita que
cubría el desnudo y raquítico palillo que tenía por cuello, el cual amenazaba
con romperse a cada paso que daba. Atónito ante tal suceso, dudé un instante y
pasados unos largos segundos sólo pude asentir con la cabeza en invitarle con
la mano a tomar asiento.
Durante quince minutos, más o
menos, ninguno de los dos articuló palabra. Únicamente permanecimos tumbados
admirando la inmensidad del cielo negro, aunque yo le miraba de reojo de vez en
cuando porque me seguía sintiendo inseguro con ese extraño ser a mi lado, más
parecido a un boceto de Tim Burton que a un ser humano. De repente, mis ojos se
abrieron como platos al ver que de aquellas esferas blancas que tenía por
globos oculares brotaba una lágrima. Y más impresionado me quedé cuando vi que
ésta no caía, sino que se desprendía de su esquelético rostro y comenzaba un
vertiginoso ascenso hacia el cielo. Yo intenté seguir su recorrido hasta que
mis ojos la perdieron de vista. Miré a Light, volví a mirar al cielo y
nuevamente a él. Vi cómo se erguía hasta sentarse con las piernas en flor de
loto, sin perder el contacto con la tierra. Yo quise hacer lo mismo pero mis
pies eran más rebeldes que los suyos así que opté simplemente por estar cómodo.
Cara a cara, Light sabía que yo esperaba una explicación de lo que había
ocurrido. Y entonces decidió contármelo todo.
EL COMIENZO
Indecisiones, dudas, miedos, fracasos, dolor… en fin, estos
son solo algunos de los fantasmas que han perseguido a Light a lo largo de toda
su vida. Nunca le enseñaron que a veces tomar una decisión equivocada es mejor
que no tomar ninguna, y que a la hora de tomar esa decisión, no hay que esperar
que le parezca bien a todo el mundo; no hay que esperar que le parezca bien a
nadie, salvo a uno mismo.
Se podría decir que Light siempre había vivido conforme a un
plan establecido para él. Un plan escrito desde el miedo, que nunca le había
dejado ser libre.
Desde muy pequeño, cada vez que hacía algo miraba a los que
tenía a su alrededor, buscando una aprobación, que muy pocas veces llegaría.
Por algún motivo sus capacidades sensoriales y sensitivas
eran más notables en nuestro amigo que cualquier otra cosa, pero nunca nadie le
dijo que eso fuera una virtud. Nunca nadie le dijo que eso fuera nada. Los
ideales bohemios de belleza, verdad, libertad y amor, unidos al de lealtad,
valor que ha abanderado la existencia de Light, iban llenando su espíritu sin
que nadie le hubiera dicho que tuvieran que hacerlo. Pero de eso él aún no se
había dado cuenta. Era tan sensible que era capaz de percibir todas las
emociones que levitaban en derredor. Llegó el momento, entonces, de que Light
decidiera hacerlas suyas. Uno de los mayores errores de su vida. Pero cómo lo
iba a saber, él sólo era un niño que quería ayudar a los demás a ser felices,
nada más. No se daba cuenta de que la gente no quiere ser ayudada. Sólo quieren
que les escuches, pero sin darles soluciones, porque entonces tendrán que
decidir recorrer ese camino para poner fin sus problemas, y a veces es más
fácil asumir un sufrimiento, que hacer lo posible por cambiar las cosas. A la
gente le desagrada que le ayudes.
A medida que iba creciendo, mayor era la distancia que había
entre él y el resto del entorno. Con el paso de los años, Light se iba dando
cuenta de que el mundo en el que vivía no era, ni de lejos, el mundo en el que
quería vivir.
Pasaron los años y todo lo que le habían dicho que debía
conseguir para ser feliz, lo tenía. Y aun así, la ecuación no estaba resuelta,
ya que lo que él sentía, no era felicidad, sino la satisfacción del trabajo
bien hecho, fuera cual fuera la empresa en la que se embarcara.
A estas alturas Light ya había adquirido ciertas habilidades
que, aunque no habían llamado la atención de nadie años atrás, en ese momento
sí lo hacían, y provocaban la admiración de todo aquel que tenía la oportunidad
de verlas, ya que Light no era muy proclive a mostrarlas. Por primera vez, se
estaba dando cuenta de todas las cosas en las que era bueno. En ese momento
nació uno de los más grandes poderes de Light, pero también su mayor debilidad,
aunque él no lo sabía: La confianza en sí mismo.
Decidió así emprender un viaje espiritual que aún hoy le
costaba definir, así que intentó explicármelo con todo lujo de detalles.
EL CHAMÁN
Árboles tan altos que se fusionaban en el horizonte de sus
ojos, ramas tan fuertes que parecían inamovibles, hojas tan verdes que podía saborear
su clorofila, ríos tan largos que parecían no tener fin, manglares tan grandes
que provocaban respeto con sólo observarlos. Y la selva. Peligrosa de día y
aterradora de noche, fue el hábitat de Light durante su viaje. Estas son sólo
algunas de las cosas por las que Light se vio rodeado hasta que le encontró. Nunca
había visto a nadie parecido. No supo en un principio si se trataba de un loco,
un brujo, un guerrero, o dios sabe qué. Se acercó a él. Hacía semanas que no
mediaba palabra con nadie y era la primera persona a la que veía desde
entonces. De repente, el individuo agarró a Light del cuello y con una rapidez
pasmosa deslizó suavemente su puñal por la boca de mi nuevo amigo. No ha sido
capaz de describirme el pavor que sintió en aquel momento pero sí reconoció que
nunca había experimentado nada similar. Realmente pensaba que había llegado su
hora. Los segundos que pasaron le parecieron interminables, pero finalmente el
desconocido, dejando por fin de mirarle fijamente a los ojos, se acercó a él
hasta estar casi pegado y le susurró con una voz ronca y desgastada: “Light”. Apartó su cuchillo y dio unos
pasos hacia atrás. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. Light no sabía qué
hacer. ¿Cómo explicar lo que había pasado? Ese hombre tenía que tener algún
significado en su vida, si no, ¿por qué el universo se lo había presentado en
aquellas circunstancias?
No se lo pensó dos veces y comenzó a seguirle. Nada
perturbaba el caminar decidido de aquel extraño, tampoco el de Light, que lo
perseguía, curioso y ansioso por conocerle, a sabiendas de que el riesgo de
muerte era casi total. Llegaron a un claro donde se podía respirar un poco
mejor y donde había una solitaria cabaña de madera y un altar tallado a mano en
medio del claro, rodeado por piedras blancas cuidadosamente colocadas en
derredor. Light se asustó pero el hombre, justo antes de poner un pie en la
cabaña, le dedicó una mirada amigable, que indicaba inequívocamente que le
estaba invitando a entrar. Así lo hizo y se encontró con un sinfín de símbolos,
figuras, colgantes, piedras, hierbas, líquidos, polvos y recipientes de los que
jamás había oído hablar. Descubrió entonces que se encontraba delante de un
chamán, y su miedo a lo desconocido fue aún mayor. Ya no se acordaba de aquella
persona que, por su confianza, era capaz de todo. Ya no se acordaba del
propósito de su viaje. Simplemente estaba allí, en aquel momento concreto,
respirando cada soplo de aire, aprovechando cada instante de vida, haciendo del
aquí y el ahora un todo, dejándose llevar por sus instintos, por su corazón, y
no por su cerebro. La razón era inexistente en aquel lugar.
Con un ademán el chamán indicó a Light que se sentara a una
mesa de madera vieja, carcomida y húmeda. Así lo hizo, se sentó en una silla
desvencijada que parecía poder desplomarse en el mismo momento en el que una mosca
se dispusiera a descansar sobre ella. El hombre se sentó frente a él, volvió a
mirarle fijamente a los ojos y permaneció así unos minutos. Light, que no
apartaba para no faltarle al respeto, se sentía cada vez más cómodo y relajado,
pese a la intimidatoria figura de su compañero de mesa. Poco a poco, fue
sintiendo que sus músculos dejaban de estar en tensión y le parecía haberse
convertido en arena. Liviano, tranquilo, libre. Entonces comenzó a ser
consciente de todo lo que había a su alrededor, y de lo que en realidad estaba
haciendo. Y no le dio importancia a nada más. En ese momento, no existía nada
fuera de la cabaña, no existía un tiempo que no fuese aquel. Entonces el chamán
se levantó y comenzó a preparar un extraño brebaje en el que se mezclaban
hierbas, polvos y líquidos de todos los colores y olores. Utilizando una tela
porosa como filtro, lo vertió en un cuenco de madera y se lo acercó a Light.
Nuevamente mostraba una mirada amable, que contrastaba mucho con la curtida
cara de aquel hombre. Light acercó sus manos al cuenco, lo cogió con mimo, lo
sostuvo unos instantes haciéndolo girar entre sus manos y se lo llevó a la
boca. Bebió todo el contenido de un trago y volvió a dejar el cuenco sobre la
mesa, que crujió como si fuera a venirse abajo. Lo que sucedió entonces fue
realmente revelador.
LA TRAVESÍA
Light se encontró rodeado de niebla en una inmensa oscuridad
donde sólo estaban el chamán, de pie, y él, tumbado. Se levantó e intentó tocar a su compañero de
viaje pero sólo era un espectro, una imagen translúcida que podía ser
atravesada con total facilidad. Pero le llamó la atención una significativa
diferencia en el aspecto del chamán, y es que se había convertido en una figura
joven, esbelta y totalmente recta, mientras que él, aún no era consciente de su
aspecto en aquella realidad. Comenzaron
a caminar por la escena y Light dedujo que la versión joven del chamán era su
guía en aquella experiencia, en aquel viaje. Sólo un camino adoquinado y gris
se presentaba ante ellos, el resto era oscuridad. A media que avanzaban metros
en aquel extraño entorno, comenzaron a vislumbrarse escenas que a Light le
parecían familiares. Lo oscuridad servía como telón para proyectarlas y él no
se perdía ni una sola imagen de las que allí aparecían. Parecía una película de
su vida, de su pasado. El chamán le acercaba a las cosas bellas y le alejaba de
las que no lo eran, pero nunca le permitía detenerse a admirar o a temer
ninguna de ellas. Solamente seguían caminando. Sin mirar atrás. Las imágenes de
momentos pasados comenzaron a desvanecerse, dejando paso a un gran espejo donde
por fin pudo verse reflejado. Era exactamente igual a la figura de sí mismo que
conocía, pero sus ojos se habían vuelto totalmente blancos, sin mácula. Intentó
apartar el espejo pero éste se volvió viscoso, casi líquido, y rodeó a Light
hasta introducirse enteramente en sus ojos, que ahora ofrecían una
transparencia cristalina. Siguieron caminando y luces de colores comenzaron a
invadir el oscuro paisaje, reflejándose todas y cada una de ellas en los ojos
de Light. Centrado en tales maravillas, casi había olvidado que su guía seguía
con él. Éste se detuvo, se dio la vuelta y señaló al principio del camino:
-Ya sabes dónde acaba, ya lo conoces, ya sabes a
lo que te lleva. ¿Quieres que vayamos hacia allí?
Light dudó unos instantes, pero al fin y al cabo, nadie
sabía qué había en ese camino cuando lo empezó. Y vio cosas buenas y otras
malas, a su juicio. Había tenido tiempo para observar todo lo que había hecho,
todo lo que le agradaba y le molestaba. Tuvo tiempo para observarse a sí mismo.
Para hacerse consciente de todo. Pero también había visto algo que no conocía,
y no lo había juzgado. No supo decir si todos aquellos procesos fueron los que
le habían otorgado unos ojos transparentes, incapaces de juzgar si las
cegadoras luces, eran buenos o malos. Sólo sabía que estaba allí, viviéndolo,
sintiéndolo, él lo sentía real.
-No, sigamos.
El chamán le miró, esbozando una sonrisa de satisfacción. Le
cogió del brazo y siguió andando. Esta vez
sí notó el tacto de su guía. La aventura estaba tocando su fin. El resto
del camino duró tan sólo unos segundos, el tiempo que tardó Light en volver a
la realidad de la cabaña de madera. La niebla se disipaba y sus ojos volvían a
la normalidad. El chamán le soltó el brazo y se sentó de nuevo frente a él, lo
miró unos instantes, se levantó yendo hacia la puerta, la abrió y dando la
espalda a mi nuevo amigo le invitó a marcharse. Light, empapado en sudor, salió
de la cabaña. Ya no quiso entender lo que había pasado ni por qué. Simplemente
había ocurrido. Aquel hombre le había enseñado lo inmenso y variopinto que
podía ser su universo. Sólo él decidiría qué cabía en su vida y qué no. Jamás
volvería a recorrer el camino que otros querían para él. Ahora, sentía una
conexión con el universo como nunca la había sentido, y todas sus capacidades
sensoriales adquirieron un nuevo sentido. Comprendió el verde de las hojas, la
dureza de las ramas y la frondosidad de la selva, así como la necesidad de su
oscuridad. Su sensación era de éxtasis y no quería que se acabase ese momento.
Pero como había aprendido durante su viaje, no debía aferrarse a las nubes que
pasaban por su cielo, a ninguna. Sólo vivirlas y observarlas. Ser consciente de
cuanto le rodeaba. Ser consciente de todo. Ahora, era libre. Su mochila estaba
llena de experiencias, pero había llegado a tal estado de felicidad por unos
instantes, que sabía exactamente lo que tenía que hacer, así que vació su
mochila antes de volver, pues si no lo hacía, si no dejaba atrás todas esas
cosas maravillosas que había vivido, jamás podría llenarla de otras cosas
increíbles en el futuro. Y eso no podía ser, pues el Light que volvía, no era
ni parecido al que se había ido. En su mirada había entereza, decisión y
fuerza; tres cosas de las que carecía cuando emprendió su viaje.
DE VUELTA A
LA REALIDAD
Light, se dio cuenta entonces de que esa etapa había
terminado. Y debía volver a decidir por dónde continuar caminando. De ese
momento ya no habría nada que no pudiera conseguir. O eso pensaba él.
Y entonces la vio. En uno de sus viajes mentales percibió su
presencia en el mundo y la vio. Era el ser más hermoso que jamás había
visto. Supo que su camino era ese. Había
descubierto un tesoro y estaba dispuesto a alcanzarlo. Y se olvidó de la regla
de oro: “Disfruta de la obra, no del fruto de la obra” (Alejandro Jodorowsky).
Desde aquel momento su vida se centró en conseguir estar con ella, y realmente
alguna conexión del universo quiso que se conocieran. Inventó a dos figuras y
quiso ponerlas cerca para que se encontraran en el camino. Y la experiencia
ciertamente fue increíble, irrepetible. Pero al olvidar la regla de oro dejó de
disfrutar de algunos momentos, dejó de valorar algunos detalles, y aquello se
convirtió en algo peligroso, dañino unas veces, y vano otras. Y fue entonces
cuando intentó refugiarse en la jaula de donde nunca creyó que tenía que haber
salido. Ya no aguantaba más. Su estrella se había ido y su luz se estaba
apagando. Cómo avanzar, cuando todos los valores en los que creía se estaban
desangrando. Ya ni podía ni quería
brillar más. El miedo le decía que podían volver a apagar su luz.
Y cando pensaba que ya nadie vendría a ayudarle, cuando se
encontraba en lo más profundo de su pozo, sin querer mirar hacia arriba porque
la luz le molestaba; el espíritu del chamán voló hacia Líght, se metió de nuevo
en su mente y le recordó lo que había aprendido con él. Todos podemos elegir
cómo enfrentarnos ante una situación, con miedo, o con entusiasmo. El camino
que llevaba hasta el pozo ya lo conocía, ya sabía dónde acababa. Y no le gustaba.
Entonces volvió a ver a la estrella que en su día le acompaño. No en el mismo
estado, pero sí con el mismo espíritu. Podía sentir de nuevo su presencia. Y
fue entonces cuando también él experimentó un cambio radical, casi como una
metamorfosis.
METAMORFOSIS
Todo el proceso comenzó con una lágrima que ascendía hacia
el cielo. Y yo lo presencié. La gota regresó a su dueño, que perdió el blanco
de los ojos y éstos se quedaron transparentes. Exactamente igual que en su
viaje con el chamán, sus ojos estaban dispuestos a ver todo lo que la vida le
ofrecía. Y decidió vivir cada segundo como si fuera el último. Siendo consciente
de todo una vez más. Volvió a saborear cada sorbo de aire, cada pequeña acción,
cada detalle, por nimio que pudiera parecer. La transformación se había
completado también en esa realidad. Había estado cubierto de sombras, y después
había decidido aprovechar los pequeños claros que le regalaba el universo para
conseguir llegar a la luz. Había alcanzado nuevamente el éxtasis. Light, había
despertado.
RENACIMIENTO
De repente la vio. Nuevamente la vio. Con otra forma, con
otro cuerpo, pero el mismo espíritu. Allá arriba, en el cielo negro, su
compañera existía de nuevo para él. La estrella que le había acompañado y a la
que había creído perder estaba ahí, mirándole. Y decidió saborear todo aquel momento er que su estrella se acercara a verle. Y entonces Light volvió a brillar.
Su cuerpo empezó a volver a la normalidad. El haz de luz que
tenía delante de mí se apagaba dejando paso a la figura de un ser humano.
-Gracias por haberme escuchado, amigo. Me has
ayudado mucho.
Yo le contesté con una mueca, expresando mi agradecimiento y
respeto por haberme contado su historia. Ha sido apasionante, nunca la
olvidaré. Light ha sido una compañía muy interesante. Espero volver a verle
algún día.
martes, 12 de agosto de 2014
La adoración del tiempo
| Referencia: http://lonkopang.wordpress.com/ |
El hombre práctico era de edad casi anciana y pensamiento moderno. Rechazaba la importancia que los hombres que fluyen le daban a la historia, y la vacua manera en que la utilizaban. La esgrimían éstos como raison d'être para discursos nacionalistas, tradiciones milenarias, incluso para malditas leyes y derechos. Le asqueaba. Tal vez hubiera razones en la historia para justificar todas estas cosas en ella contenidas, y estaba dispuesto a escucharlas. O tal vez no las hubiera, y la antigüedad de ciertas tradiciones fuera el único argumento que hoy en día justificaba su existencia, y estaba dispuesto a mandarlas al infierno. Y sin embargo, mirando esas piedras, no podía evitar sentir que había algo en el pasado, en el tiempo ya realizado, que lo hacía misterioso, eterno, perfecto. Esas piedras que prolongaban su descanso desde que en la distancia, su padre las hubiera horadado en un rincón distinto del universo, y mucho antes muchos otros, billones de kilómetros más lejos de Andrómeda.
El hombre práctico creía estar en posesión de la verdad, y creía ser flexible para rectificar y abrazar verdades más puras, y creía por encima de todo en la verdad y nada más. No creía en la libertad, en la decisión, en la culpa ni en el mérito, no creía siquiera en la opinión. No tal y como los hombres que fluyen entienden todas esas palabras. Él se sabía un animal maquinal, un esclavo de su propia esencia, y por tanto condenado a ser libre. Pero sabía también que la mayoría de sus decisiones se tomaban sin que lo que él sentía como su parte racional tuviera parte. Es por esto que se maravillaba del pasado, y de maravillarse. Por esto que podía exponer durante horas reflexiones profundas que le hacían parecer más joven y moderno de lo que testificaba su rostro. Y luego mientras cocinaba, comía, cagaba, o recogía todo lo anterior, encontrarse lamentando el tiempo perdido de una forma tan patética y liviana.
El hombre práctico se dio cuenta de qué era lo único que realmente teníamos de valor en el curso de la vida, cuando menos de aquello le quedaba.
Y lo anhelaba.
Entendió por fin la importancia del tiempo, el peso del tiempo, entendió su adoración. A qué otra cosa se podían aferrar los pobres hombres, tan conscientes de sí mismos, tan conscientes del tiempo, tan inseparables ambas consciencias.
Y lo aceptó, como uno acepta necesariamente aquello que entiende.
Todos sus viajes de conocimiento le habían alejado de la creencia común, pues todo aprendizaje es rebeldía, y con el tiempo, se había dado cuenta de que todo volvía, de que el viaje era un círculo. Que al final siempre aguardaba la aceptación.
Agachado en un monte, devolviendo un excremento a la tierra, tomó una hoja caída y seca. Pensó en el árbol, en la piedra, en la catedral, en Napoleón. En su propio legado.
El hombre práctico era demasiado viejo para desear vivir mil años. Pero en ese instante, tan banal y especial, deseó vehemente que el tiempo fuera también un círculo.
El hombre práctico se dio cuenta de qué era lo único que realmente teníamos de valor en el curso de la vida, cuando menos de aquello le quedaba.
Y lo anhelaba.
Entendió por fin la importancia del tiempo, el peso del tiempo, entendió su adoración. A qué otra cosa se podían aferrar los pobres hombres, tan conscientes de sí mismos, tan conscientes del tiempo, tan inseparables ambas consciencias.
Y lo aceptó, como uno acepta necesariamente aquello que entiende.
Todos sus viajes de conocimiento le habían alejado de la creencia común, pues todo aprendizaje es rebeldía, y con el tiempo, se había dado cuenta de que todo volvía, de que el viaje era un círculo. Que al final siempre aguardaba la aceptación.
Agachado en un monte, devolviendo un excremento a la tierra, tomó una hoja caída y seca. Pensó en el árbol, en la piedra, en la catedral, en Napoleón. En su propio legado.
El hombre práctico era demasiado viejo para desear vivir mil años. Pero en ese instante, tan banal y especial, deseó vehemente que el tiempo fuera también un círculo.
viernes, 8 de agosto de 2014
CANSADO
Vivimos anclados en un cinismo
impresionante, más grande que todos los océanos del mundo (Julio Anguita).
Estoy cansado. Cansado de la gente que se dedica a ir por la
vida aparentando ser quien no es; de la gente que se empeña en camuflar su
cotidianidad y rutina bajo un inmenso telón de secretos y misterios que sólo ellos
creen poder resolver. Cansado de toda esa mierda del quiero y no puedo que me
intentan hacer tragar cada día. Cansado de las falsedades, de mentiras, de los
trucos y triquiñuelas que veo a cada paso que doy. De todos aquellos que creen
que van un paso por delante de los demás, cuando en realidad van dos por
detrás. Cansado de los que piensan una cosa, dicen otra, y hacen otra. De todos
aquellos que creen que todo lo que tienen lo han conseguido sin ayuda, que no
le deben nada a nadie. Estoy harto de todos lo que ansían conocer gente y ni
siquiera se preocupan por conocerse a sí mismos. Estoy cansado, harto, saturado
de toda la basura que tengo que escuchar cada día mientras me muevo por estas
calles repletas de vidas tan vacías que se creen tan llenas. Me siento inmóvil
al ver a través de la lluvia que brota de mis ojos que la gente acepte mejor un
“estoy jodido, pero tirando” que un “estoy contento, soy feliz”. Me abruma la
idea de que el sistema de seguridad de nuestro cerebro elija lo malo conocido, en
vez de lo bueno por conocer, y así, no nos deje evolucionar hacia un estado de
felicidad mayor que el que las reglas, estándares y estereotipos de este
podrido mundo nos deja conocer, y por los cuales se supone que debemos de dar
las gracias. Me compadezco de todo aquel que tome lo que ven sus ojos como
verdad absoluta, sin ser consciente de nada. Me río de los que ven su éxito en
el fracaso de los demás. Y yo, sólo espero poder seguir teniendo tiempo, tiempo
para los míos; para los que quiero y para aquellos que me quieren. Tiempo para
sentir la calma que reina en mi alma por las noches, justo antes de cerrar los
ojos por completo. Tiempo para intentar ser mejor persona cada día. Tiempo para
corregir errores. Tiempo para poder seguir apreciando todos esos detalles que
se nos quieren regalar, y que la mayoría se esfuerzan en no ver, obnubilados
por la gran mentira de sus manipuladas mentes: creer que sí lo hacen.
Creo firmemente en la idea de que no tengo que ser la
persona que otros quieren que sea, ni dar ningún tipo de imagen que ni tengo ni
quiero tener, simplemente porque esté bien vista por los que me dedican una
sonrisa falsa mientras me miran de soslayo. No quiero impresionar a nadie, ni
decepcionar a los que confían en mí. Por eso no puedo hacer otra cosa que
enseñarles quién soy cuando hablan conmigo. Simplemente soy yo mismo, sin
caretas innecesarias, sin filtros de instagram para parecer mejor de lo que
soy. Con mis virtudes y mis defectos (que intento corregir). Las personas que
me miren a los ojos, simplemente verán a Samuel San Juan, nada más.
Disculpad, si esperabais otra cosa.
jueves, 7 de agosto de 2014
EL HOMBRE DEL TRAJE
Me encuentro sentado. En contacto
con la tierra. Nuevamente rodeado de un entorno neblinoso que no me permite ver
más allá de lo que tengo justo delante de mis narices. No sé si mi cerebro no
me deja observar todo lo que debería o me está obligando a centrarme en aquello
que tengo que observar. De todas formas me olvido de esa sensación e intento aprovechar
el momento para visualizar lo que se me ofrece en este instante. Es extraño el
personaje que tengo delante de mí. No me gusta. Es una versión demacrada de mí
mismo, llena de odio y deseos de venganza. Vestido con un traje oscuro, camisa
blanca y una corbata verde, me mira, muy recto. No aparta su mirada de mí y su
gesto es de total desprecio. Claramente su expresión es la de alguien que me
aborrece por no seguir los pasos que él establece para mí. Creo que lleva
tiempo intentándolo pero se está dando cuenta de que ya no le quiero seguir. Y por eso deja que lo
vea. Quiere advertirme, amenazarme, meterme miedo en el cuerpo. Desea que todos
sus sentimientos, prejuicios y odio se introduzcan dentro de mí nuevamente y
pueda manejarme a su antojo. Un aura verde comienza a rodear a este ser y sus
ojos se tornan cada vez más rojos. Su cara se vuelve gris, casi llega a
mimetizarse con el traje. Abre la boca y sólo veo que de ella sale un humo
negro que llega a asustarme incluso más de lo que había hecho su metamorfosis
hasta el momento. Pero lo único que yo hago es decirle que ya se puede ir, que
no quiero seguir con él a mi espalda, que lo que él me ofrece ya no lo quiero,
ya no lo necesito. Ya no me hace falta su protección. Ahora soy más fuerte. El
humo que sale de su boca termina por rodearle y mientras vuelvo a la realidad
contemplo cómo se disipa entre la nada. Pero en el último instante, justo antes de regresar a mi
estado de consciencia habitual, veo cómo el humo persigue mi boca y mi nariz, y
las invade por momentos. Despierto y todavía siento el sabor a hierro y azufre en mi
paladar. No he conseguido dejar atrás al hombre del traje, pero creo que sí lo
he conseguido domar en gran medida. Puede que cuando lo vuelva a ver me mire de
otra manera. Puede que en nuestro reencuentro, mantengamos una conversación.
Quizá no deba apartarlo de mí, sino agradecerle los servicios prestados y
decirle que a partir de ahora ya no va a tener tanto protagonismo. Quién sabe,
ya lo decidiré cuando llegue el momento. Hasta entonces, no merece la pena
preocuparse. Hasta la próxima, hombre del traje. Hasta el próximo cigarro.
jueves, 31 de julio de 2014
VIAJE INTERIOR (1)
Es medianoche. Estos cigarros
trucados han conseguido por fin modificar mi estado de consciencia habitual y
transportarme a la realidad que más me gusta, aquella en la que mis
alteraciones del ego y yo nos encontramos unos frente a otros y debatimos sobre
la naturaleza de la existencia de cada parte de mí. Tres figuras son las que se
muestran claras ante los inmortales ojos de mi ser esencial. Las otras 6 son
sólo sombras que dejan entrever una figura parecida a la mía. No es la primera
vez que me siento delante de mí mismo a conversar con el observador, pero nunca
había conseguido hablar con tres de mis capas, ni mucho menos llegar a ver
tantos desdobles de mí mismo.
La primera de las figuras,
situada justo a mi izquierda, permanece impasible, aunque no ajena al hecho de
que su raíz (yo) está escudriñando la escena hasta el más mínimo detalle.
Obviamente, me encuentro ante el observador, al que ya conocía. A su izquierda
puedo ver un personaje que, en silencio, como si fuera una película de cine
mudo, está rasgando su garganta sin parar de quejarse, de mostrar su rabia, deseando
acabar con aquello que considera injusto, pero sin hacer nada más que eso,
quejarse. A continuación aparece un viejo conocido, un reflejo de mí que está
llorando, lamentando todo lo malo que le pasa; un individuo que no ve nada más
que oscuridad porque ni quiere ni se atreve a levantar la cabeza, a buscar la llave de su celda, pues puede que la encuentre y tenga que recorrer el
desconocido camino hacia quién sabe dónde. En el lugar donde se encuentra ahora
sólo hay amargura y miseria, pero al menos es conocido, familiar, casi amado
gracias a un desmesurado síndrome de Estocolmo. El resto de figuras que habitan
en este momento el flotante espacio entre la nada y yo, son irreconocibles,
aunque se puede inferir su existencia, por la energía que desprenden hacia la
raíz.
La experiencia de hablar con mis
tres aliados, pues son eso y no al contrario como pueda parecer en un principio,
está resultándome increíble. Exceptuando al observador, los otros dos se quedan
mirándome como si comprendieran lo que yo estoy diciendo. Y tengo muchas ganas
de decirles todas estas cosas. Sin dejar de mirarles, mientras hablo puedo ver
que les estoy transmitiendo al cien por cien el mensaje que necesitan escuchar…
Por fin entienden que no son partes individuales que se encuentran ante un
super-yo, sino que son yo mismo, cada uno en un estado y realidad diferentes.
Pero he podido conectar con todos ellos, transportándolos al mismo lugar para
decirles que comprendo su causa, pero que tal causa es la de todos los
presentes en esa extraña realidad, y que la causa del resto también es la suya.
Así interiorizamos que todos somos aliados unos de otros, y no personajes
ajenos a los que odiamos por no ser como queremos que sean. Y acordamos que
todos vamos a ayudarnos unos a otros, pues es ayudarnos a nosotros mismos. Poco
a poco me voy despidiendo, y aunque no percibo muy bien si me dicen algo o no,
sus rostros exhiben con firmeza el propósito de comprender lo que son, procesos
de una personalidad que no deben detenerse, ni desaparecer o ser abatidos por
un héroe. Únicamente están ahí para ser observados. Pero de esto último, quizás
hablemos en el próximo cigarro.
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