domingo, 15 de febrero de 2015

Mi vieja enemiga la Duda

 Me detengo un segundo ante esos ojos pícaros, esos ojos a los que prometí no rendirme más hace apenas unos minutos. Me digo a mi mismo "sé fuerte", pienso en buscar un espejo para mirar los míos, e intentar escudriñar qué es lo que quieren ellos. Pero sé lo que quieren, la quieren a ella. Quieren mirar los suyos, sus ojos, y preguntarse una vez más lo que quieren. De todas maneras, ya es tarde, ya han pasado más de tres segundos y me veo atrapado en su embrujo de nuevo. Sus ojos sonríen. Me pregunto si realmente mi felicidad pasará por la de ella. Si mi egoísmo es la devoción. ¿Me levanto? ¿Le acaricio el pelo, la cara, los labios? ¿Le beso la frente, la oreja, los párpados? Ya es tarde otra vez, ella se levanta del sofá en el que estaba tumbada y viene hacia este pasivo observador. Su boca también sonríe, todo su cuerpo. Se sienta en mi regazo y besa mi frente, mi pómulo, mi nariz. Zambullo mi cara en el hueco entre su pelo y su cuello. Olisqueo, rozo mi piel contra la suya, la busco con los labios. Rodeo su cuerpo, lo aprieto gentil, acaricio sus costillas con mi mano abierta por encima de su ropa. Me siento entonces seguro, atrevido para hacer lo que antes no pude, o no supe si podría. Ella besa la comisura de mis labios y entonces yo le sujeto la nuca, le acaricio el nacimiento del cabello, y busco su boca, a través de lo que parecen kilómetros de aire. Cuanto más me acerco, más lejos está. Ella se ríe en alto, mientras se inclina hacia atrás. El peso de su cuerpo inclinado la ayuda a levantarse con rapidez de mis piernas, que se lastiman del vacío que es el peso del aire, y tiemblan quejosas. Intento atrapar su ropa mientras se aleja de nuevo al exilio inalcanzable de su sofá, para detenerla, pero ella aparta mi mano con un agresivo pero grácil ademán, mientras sigue riendo. Mira hacia atrás con picardía, hacia mí. Se tumba, yo estoy a punto de levantarme, pero en ese momento ella mira hacia otro lado y mi fuerza se me escapa del pecho por todos los poros de la piel, como si fuera éter, o algo tan volátil que no lo pudiera contener ni una esfera de vidrio. Como el calor. Y así me quedo, frío. Si ella no me mira, no me atrevo a avanzar. A ir y tomar lo que quiero para mí, reclamarlo mío como un conquistador. Porque lo que yo quiero, es que ella quiera que lo haga. Intento mirar su cogote, traspasar su cráneo con mi mirada para verme a mí mismo allí dentro, tomándola por la cintura, girándola, clavándole la mirada y hundiendo mis dedos en su carne por debajo de su ropa. Pero no veo nada, todo esta opaco, y a cada segundo, más negro. Ni sus ojos sé leer, cómo iba a leer su cogote.
 ¿Y si quiere que lo hagas? ¿Y si lo que ella quiere, precisamente, es que tomes lo que quieras y lo hagas tuyo por derecho?
 ¿Y si no?
 Maldito cobarde...

martes, 3 de febrero de 2015

VIAJE INTERIOR (II)

Pura, blanca, perfecta. Mis pies descalzos están cansados de caminar sobre la nieve esperando encontrarlo. A mis piernas ya no le quedan fuerzas para seguir buscándolo. Mi espíritu quiere seguir, en algún sitio tiene que estar. Pero mi cerebro ya no puede más, y me hace postrarme sobre esta fina alfombra que hiela mi cuerpo. Se acabó, es el fin, me he desplomado y no volveré a levantarme. La llanura blanca que he dejado atrás es inmensa. Y la que se muestra frente a mí no es menor. No puedo avanzar. Tampoco volver. Mis ojos se van cerrando mientras pienso en las razones que me han traído hasta aquí, en el motivo de mi viaje. Ya no importa, ahora sólo resta esperar. Todo empieza a ser cubierto por una niebla espesa que no me deja vislumbrar ningún tipo de horizonte. En menos de un minuto la veo, aquí está, ha venido a buscarme, a llevarme con ella, a poner fin a esto. Relajado, en espera de lo inevitable, mantengo mi mirada fija en su figura, que al ir tomando forma no hace más que turbar mis sentidos. No veo ninguna parca, únicamente luz. Por un momento pensé que podía ser el recuerdo de Light, o quizá el espíritu de su chamán. Pero no podía estar más equivocado, pues lo que estoy viendo no es ninguno de ellos, o quizá sea la conjunción de ambos, no lo sé. Se acerca a mí, despacio, levitando sobre la nieve. Su luz es cegadora y a medida que se aproxima mis ojos pierden más y más la capacidad de distinguir. Pero por algún extraño motivo mis fuerzas se recuperan a cada segundo que pasa, con cada metro que avanza. Al llegar a mi altura se arrodilla ante mi cuerpo, todavía postrado en la nevada tierra, respira hondo y reposa su mano en mi frente, dejándola caer suavemente por mi rostro. Su luz se atenúa y el humo verde y gris renace hasta envolverme de nuevo. Mi cuerpo vuelve a estar en plenas facultades, pero mi mente sigue aturdida. Rápidamente me incorporo al contemplar cómo el ser se desvanece.

       - ¡Espera! ¿Quién eres?
       - Sangras por heridas que no son tuyas, deshazte de ellas.

Pero, quién demonios es. Y cómo sabe… No hay tiempo, se va.

   - ¿Por qué me ayudas? ¿Por qué has venido a salvarme?
       - No hay luz sin oscuridad. Acéptalo. Sólo así liberarás al hombre del traje de su condena. Sólo así será tu aliado.

Cómo es posible que sepa de la existencia del hombre del traje, quién es, tengo tantas preguntas, pero se va, desaparece.

   - ¡Alto, por favor! Dime, qué esperas que haga aquí. No hay nada.

Su femenina figura se detiene un instante. Su pelo describe una honda que parece no tener fin al tiempo que gira la cara, luciendo unos inmensos ojos verdes, profundos como las aguas de un océano. Su cabello castaño casi llega al final de su vestido blanco, sin mácula alguna. Todavía irradiando algo de luz, termina de desvanecerse al tiempo que pronuncia unas últimas palabras con una voz indescriptible...

  - Lo hay todo, amigo de Light. No pienses en cuán duro es el camino, sólo recórrelo. Y cuando lo encuentres, tráelo de vuelta a casa. No lo pierdas, pues te perderás a ti mismo también.

De pronto su luz, que casi había desaparecido, brilla en todo su esplendor invadiendo la escena hasta cegarme por completo. Caigo al suelo, sin poder hacer nada salvo esperar a que todo pase.
Abro los ojos pero ya no sé ni dónde estoy. Mis pies ya no se ven descalzos y no me rodea la inmensidad de la niebla, sino un bosque frondoso, verde y marrón, con unos árboles tan altos como me alcanza la vista. El piso es de tierra y piedra, cubierto por las desangeladas hojas que han abandonado a su árbol. Estoy sólo, y ante mí sólo se ofrece un camino.
Numerosas dudas se ciernen sobre mi cabeza: ¿quién era ese ser? ¿por qué había ido a ayudarme? ¿qué relación tiene con Light? ¿la habrá mandado él venir? ¿Qué es lo que se supone que tengo que traer de vuelta a casa? ¿Qué es tan importante?
¡Basta!, es absurdo que siga haciéndome esas preguntas aquí quieto. Sólo ese camino me revelará todo lo que deseo saber. Al menos parece que es la única salida que me queda, o quizá es la que debo ver en este momento. Sea como sea, comienzo a andar. Mis pasos resuenan en todo el bosque y mis pies van rompiendo pequeñas ramitas y rechinando con las piedras a casa palmo de terreno que recorro. El aire es puro, renueva mis pulmones. Los árboles parecen querer hablarme, pero no les entiendo. El camino se presume totalmente virgen, está claro que es la primera vez que es recorrido. Avanzo dejando atrás la oscuridad, y llego a un lugar que me hace pensar en si estoy muerto, porque es lo más parecido al paraíso que puede concebir mi mente. Kilómetros de pradera verde, nueva, adornada con gotas de rocío en cada brizna de hierba. En definitiva, vida, en su máximo esplendor. Todo tipo de flores acompañan a aquel maravilloso paisaje, que deja su corazón a un inmenso lago de aguas cristalinas. No me lo puedo creer, no me iré nunca de aquí. Corro hacia la orilla esperando ver algún pez, y me subo en la única barca que hay anclada en el pequeño embarcadero. Parece que el sitio esté hecho para hacer feliz a la gente. Pero cuando me alejo tan sólo unos 20 metros de la orilla, un giro radical convierte el color en blanco y negro, la alegría en miedo y la esperanza en ira. La barca se sigue moviendo sola. No sé cuánto avanzamos ni por dónde me lleva, pero cuanto más me acerco a aquella sombra que parece la muerte, más la reconozco.
Ahora lo entiendo todo, ahora sé a quién he venido a salvar. Ahora sé a quién tengo que llevar de vuelta a casa. A aquel que no desea ser salvado. Sin duda, esto va a ser muy difícil. Jamás pensé que tuviera que hacer algo así, por el hombre del traje.
Una calma aterradora colapsa el tiempo hasta hacer detener la barca cerca de él. Le veo. Está en otra barca, sentado, con la cabeza metida entre las piernas y desprendiendo su habitual humo negro, que en este caso exhibe tal poder que es capaz de envolver la barca también.  ¿Por qué está ahí? Y sobre todo… ¿por qué he de ayudarle? Desde que identifiqué a este desdoble de mi personalidad lo único que ha hecho ha sido atormentarme, hacerme daño, dejar que mi espíritu caiga en una espiral autodestructiva de la que me ha costado mucho salir. No entiendo por qué demonios mi salvadora me pidió entonces que lo llevara de vuelta a casa.
Intento recordar sus palabras. No, demonios no. ¿Por qué habría de hacer nada por él? Volverá a hacerme creer que yo… dios, no entiendo lo que estoy a punto de hacer. Las palabras de mi ángel todavía resuenan en mi cabeza… “Tráelo de vuelta a casa. No lo pierdas, pues te perderás a ti también”. ¿Qué relación tiene ella con el hombre del traje? ¿Por qué lo quiere de vuelta? Se supone que quería ayudarme.
Cojo un remo y me acerco a su barca, no me lo puedo creer. Me adentro sigiloso en el humo negro y me siento frente a él, esperando una reacción que tarda en llegar. De pronto, el hombre del traje levanta la cabeza y me mira con unos ojos rojos como el fuego del infierno. Su boca exhala una maldad como jamás he conocido. Desde luego, algo extraño le sucede. El humo verde y gris que emana de mi ser comienza a mezclarse con el humo negro que brota de su cuerpo hasta envolver todo lo que mis ojos alcanzan a ver. La barca empieza a moverse y perdemos el control. Cada vez hay más humo, cada vez hay más miedo. La escena gira sobre sí misma y para cuando se detiene y consigo recuperar el equilibrio ha desaparecido el valle, la barca y el hombre del traje. Ya no hay humo, ya no hay nada. Sólo un camino largo y angosto de piedra negra y desgastada que me separa del hombre del traje. Está levitando en el aire, inconsciente, crucificado, goteando sangre. No hay humo pero no consigo distinguir si sigue vivo, aunque sólo tengo que recorrer unos metros para comprobarlo. Comienzo a andar y de repente mi cuerpo parece estar hecho de plomo, casi no puedo avanzar y por más que intento recurrir a mi protector humo verde y gris no soy capaz de invocar a ninguno de los aliados que sirven a mi espíritu. Estoy sólo.
Armándome de valor, sigo adelante esperando que esto acabe pronto, pero de repente me veo obligado a arrodillarme esclavo del dolor que me produce oír el aullido que ahora mismo nace de alguna parte de este extraño lugar. Es como si todos los miedos, las súplicas, las quejas, el dolor que he sentido durante mi viaje hubiesen renacido para acabar conmigo ahora. Soy muy consciente de cuál es cada sonido. Conozco cada nota de esa escala y jamás podrá volver a hacerme hincar la rodilla. Me levanto poco a poco, desterrando el dolor de mis oídos al oscuro fondo negro que hay bajo el camino que recorro. Y así, puedo avanzar hacia mi objetivo.
Cansado, pero a la vez más fuerte, sigo mi camino. A los poco metros mi cuerpo comienza a sentirse débil y de pronto algo invisible golpea mi cara con la fuerza de un tornado. Caigo al suelo de nuevo y aunque aturdido intento ponerme de pie lo antes posible. Pero otra vez muerdo el polvo. No sé qué me está golpeando pero es muy fuerte. Vuelvo a levantarme, cada vez más débil, y vuelvo a caer de nuevo. Ignoro qué es o dónde está, pero jamás podrá vencerme de esta manera, ahora ya no. Quieto, me quedo quieto, sentado, en contacto con la tierra. No pienso, observo, sólo observo. Esta vez no me levanto, no me pongo en pie, eso no ha funcionado hasta ahora así que no veo por qué va a empezar a funcionar de repente. Así que me dedico a observar, a escuchar a mi entorno, por reducido que sea. Pasan los segundos y no siento nada, ni un solo golpe, ni un roce. Ahora te veo. Ahora sé dónde estás. Jamás podrás volver a tocarme. Todos, están todos y cada uno de los golpes recibidos durante mi viaje los que están intentando lanzarme al horror de la espiral autodestructiva de nuevo. No lo entienden, es imposible que consigan vencerme. Sigo inmóvil, inmerso en un estado meditativo ya muy conocido, y a la vez muy nuevo. Esto no es una prueba de resistencia para mi cuerpo, sino para mi mente. Ahora lo entiendo, ahora soy consciente. Ahora, puedo dejar que esa nube que me ataca se vaya. Ahora, soy yo el que es invisible para ella, y contemplo cómo se aleja dejando libre el camino hacia el hombre del traje, que sigue crucificado en la nada, sin conocimiento, y puede que ya sin rastro de vida en él.

Es muy poco lo que me separa de él, ya casi puedo tocarle, pero cuando extiendo la mano para hacerlo algo me detiene. Siento mucho miedo, no puedo hacerlo, no puedo seguir. Soy débil, soy un cobarde, no me atrevo a salvarle, nunca podré hacerlo. Yo no debería estar ahí, yo no soy nadie, debería haber muerto en la nieve. Cómo pude creer que el paraíso al que me había transportado era para mí. La gente como yo no merece el paraíso. La gente como yo no merece nada, sólo la muerte, la caída al vacío, la espiral autodestructiva de la que nunca debí haber salido. Al menos ella me entendía y de vez en cuando me dejaba ver la luz, aunque no tocarla, porque no me lo merezco. Necesito salir de aquí, necesito huir. Quiero caer, quiero volver a mi jaula, donde estaba protegido, donde nadie podía atacarme, donde nadie podía hacerme daño. Quiero salir, salir… ¡QUIERO SALIR DE AQUÍ! Noto cómo mi cuerpo refleja todos los miedos que estoy sintiendo. Cada vez me siento más débil y creo que estoy a punto de perder el conocimiento. Apenas me queda un suspiro. Dicen que cuando estás al borde de la muerte toda tu vida pasa ante tus ojos. Pues yo no puedo dejar de pensar en este dolor que está quebrando mis huesos, que atenaza mis músculos y me corroe por dentro. No puedo dejar de pensar en que todo lo que estoy sufriendo ahora es culpa del hombre del traje y de quien me dijo que lo llevara de vuelta. Mis ojos se resisten a mantenerse abiertos. Se acabó, ya no puedo más. Dejo de pensar. Dejo de sentir. Dejo de existir. Esta vez, he perdido.