jueves, 31 de julio de 2014

VIAJE INTERIOR (1)

Es medianoche. Estos cigarros trucados han conseguido por fin modificar mi estado de consciencia habitual y transportarme a la realidad que más me gusta, aquella en la que mis alteraciones del ego y yo nos encontramos unos frente a otros y debatimos sobre la naturaleza de la existencia de cada parte de mí. Tres figuras son las que se muestran claras ante los inmortales ojos de mi ser esencial. Las otras 6 son sólo sombras que dejan entrever una figura parecida a la mía. No es la primera vez que me siento delante de mí mismo a conversar con el observador, pero nunca había conseguido hablar con tres de mis capas, ni mucho menos llegar a ver tantos desdobles de mí mismo.
La primera de las figuras, situada justo a mi izquierda, permanece impasible, aunque no ajena al hecho de que su raíz (yo) está escudriñando la escena hasta el más mínimo detalle. Obviamente, me encuentro ante el observador, al que ya conocía. A su izquierda puedo ver un personaje que, en silencio, como si fuera una película de cine mudo, está rasgando su garganta sin parar de quejarse, de mostrar su rabia, deseando acabar con aquello que considera injusto, pero sin hacer nada más que eso, quejarse. A continuación aparece un viejo conocido, un reflejo de mí que está llorando, lamentando todo lo malo que le pasa; un individuo que no ve nada más que oscuridad porque ni quiere ni se atreve a levantar la cabeza, a buscar la llave de su celda, pues puede que la encuentre y tenga que recorrer el desconocido camino hacia quién sabe dónde. En el lugar donde se encuentra ahora sólo hay amargura y miseria, pero al menos es conocido, familiar, casi amado gracias a un desmesurado síndrome de Estocolmo. El resto de figuras que habitan en este momento el flotante espacio entre la nada y yo, son irreconocibles, aunque se puede inferir su existencia, por la energía que desprenden hacia la raíz.


La experiencia de hablar con mis tres aliados, pues son eso y no al contrario como pueda parecer en un principio, está resultándome increíble. Exceptuando al observador, los otros dos se quedan mirándome como si comprendieran lo que yo estoy diciendo. Y tengo muchas ganas de decirles todas estas cosas. Sin dejar de mirarles, mientras hablo puedo ver que les estoy transmitiendo al cien por cien el mensaje que necesitan escuchar… Por fin entienden que no son partes individuales que se encuentran ante un super-yo, sino que son yo mismo, cada uno en un estado y realidad diferentes. Pero he podido conectar con todos ellos, transportándolos al mismo lugar para decirles que comprendo su causa, pero que tal causa es la de todos los presentes en esa extraña realidad, y que la causa del resto también es la suya. Así interiorizamos que todos somos aliados unos de otros, y no personajes ajenos a los que odiamos por no ser como queremos que sean. Y acordamos que todos vamos a ayudarnos unos a otros, pues es ayudarnos a nosotros mismos. Poco a poco me voy despidiendo, y aunque no percibo muy bien si me dicen algo o no, sus rostros exhiben con firmeza el propósito de comprender lo que son, procesos de una personalidad que no deben detenerse, ni desaparecer o ser abatidos por un héroe. Únicamente están ahí para ser observados. Pero de esto último, quizás hablemos en el próximo cigarro.

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