Pura, blanca, perfecta. Mis pies
descalzos están cansados de caminar sobre la nieve esperando encontrarlo. A mis
piernas ya no le quedan fuerzas para seguir buscándolo. Mi espíritu quiere seguir,
en algún sitio tiene que estar. Pero mi cerebro ya no puede más, y me hace postrarme
sobre esta fina alfombra que hiela mi cuerpo. Se acabó, es el fin, me he
desplomado y no volveré a levantarme. La llanura blanca que he dejado atrás es
inmensa. Y la que se muestra frente a mí no es menor. No puedo avanzar. Tampoco
volver. Mis ojos se van cerrando mientras pienso en las razones que me han
traído hasta aquí, en el motivo de mi viaje. Ya no importa, ahora sólo resta
esperar. Todo empieza a ser cubierto por una niebla espesa que no me deja
vislumbrar ningún tipo de horizonte. En menos de un minuto la veo, aquí está,
ha venido a buscarme, a llevarme con ella, a poner fin a esto. Relajado, en
espera de lo inevitable, mantengo mi mirada fija en su figura, que al ir
tomando forma no hace más que turbar mis sentidos. No veo ninguna parca,
únicamente luz. Por un momento pensé que podía ser el recuerdo de Light, o
quizá el espíritu de su chamán. Pero no podía estar más equivocado, pues lo que
estoy viendo no es ninguno de ellos, o quizá sea la conjunción de ambos, no lo
sé. Se acerca a mí, despacio, levitando sobre la nieve. Su luz es cegadora y a
medida que se aproxima mis ojos pierden más y más la capacidad de distinguir.
Pero por algún extraño motivo mis fuerzas se recuperan a cada segundo que pasa,
con cada metro que avanza. Al llegar a mi altura se arrodilla ante mi cuerpo,
todavía postrado en la nevada tierra, respira hondo y reposa su mano en mi
frente, dejándola caer suavemente por mi rostro. Su luz se atenúa y el humo
verde y gris renace hasta envolverme de nuevo. Mi cuerpo vuelve a estar en
plenas facultades, pero mi mente sigue aturdida. Rápidamente me incorporo al
contemplar cómo el ser se desvanece.
- ¡Espera! ¿Quién eres?
- Sangras por heridas que no son tuyas, deshazte
de ellas.
Pero, quién demonios es. Y cómo
sabe… No hay tiempo, se va.
- ¿Por qué me ayudas? ¿Por qué has venido a
salvarme?
- No hay luz sin oscuridad. Acéptalo. Sólo así
liberarás al hombre del traje de su condena. Sólo así será tu aliado.
Cómo es posible que sepa de la
existencia del hombre del traje, quién es, tengo tantas preguntas, pero se va,
desaparece.
- ¡Alto, por favor! Dime, qué esperas que haga
aquí. No hay nada.
Su femenina figura se detiene un
instante. Su pelo describe una honda que parece no tener fin al tiempo que gira
la cara, luciendo unos inmensos ojos verdes, profundos como las aguas de un
océano. Su cabello castaño casi llega al final de su vestido blanco, sin mácula
alguna. Todavía irradiando algo de luz, termina de desvanecerse al tiempo que
pronuncia unas últimas palabras con una voz indescriptible...
- Lo hay todo, amigo de Light. No pienses en cuán
duro es el camino, sólo recórrelo. Y cuando lo encuentres, tráelo de vuelta a
casa. No lo pierdas, pues te perderás a ti mismo también.
De pronto su luz, que casi había
desaparecido, brilla en todo su esplendor invadiendo la escena hasta cegarme
por completo. Caigo al suelo, sin poder hacer nada salvo esperar a que todo
pase.
Abro los ojos pero ya no sé ni
dónde estoy. Mis pies ya no se ven descalzos y no me rodea la inmensidad de la
niebla, sino un bosque frondoso, verde y marrón, con unos árboles tan altos
como me alcanza la vista. El piso es de tierra y piedra, cubierto por las
desangeladas hojas que han abandonado a su árbol. Estoy sólo, y ante mí sólo se
ofrece un camino.
Numerosas dudas se ciernen sobre
mi cabeza: ¿quién era ese ser? ¿por qué había ido a ayudarme? ¿qué relación
tiene con Light? ¿la habrá mandado él venir? ¿Qué es lo que se supone que tengo
que traer de vuelta a casa? ¿Qué es tan importante?
¡Basta!, es absurdo que siga
haciéndome esas preguntas aquí quieto. Sólo ese camino me revelará todo lo que
deseo saber. Al menos parece que es la única salida que me queda, o quizá es la
que debo ver en este momento. Sea como sea, comienzo a andar. Mis pasos
resuenan en todo el bosque y mis pies van rompiendo pequeñas ramitas y
rechinando con las piedras a casa palmo de terreno que recorro. El aire es
puro, renueva mis pulmones. Los árboles parecen querer hablarme, pero no les entiendo.
El camino se presume totalmente virgen, está claro que es la primera vez que es
recorrido. Avanzo dejando atrás la oscuridad, y llego a un lugar que me hace
pensar en si estoy muerto, porque es lo más parecido al paraíso que puede
concebir mi mente. Kilómetros de pradera verde, nueva, adornada con gotas de
rocío en cada brizna de hierba. En definitiva, vida, en su máximo esplendor.
Todo tipo de flores acompañan a aquel maravilloso paisaje, que deja su corazón
a un inmenso lago de aguas cristalinas. No me lo puedo creer, no me iré nunca
de aquí. Corro hacia la orilla esperando ver algún pez, y me subo en la única
barca que hay anclada en el pequeño embarcadero. Parece que el sitio esté hecho
para hacer feliz a la gente. Pero cuando me alejo tan sólo unos 20 metros de la
orilla, un giro radical convierte el color en blanco y negro, la alegría en
miedo y la esperanza en ira. La barca se sigue moviendo sola. No sé cuánto
avanzamos ni por dónde me lleva, pero cuanto más me acerco a aquella sombra que
parece la muerte, más la reconozco.
Ahora lo entiendo todo, ahora sé
a quién he venido a salvar. Ahora sé a quién tengo que llevar de vuelta a casa.
A aquel que no desea ser salvado. Sin duda, esto va a ser muy difícil. Jamás
pensé que tuviera que hacer algo así, por el hombre del traje.
Una calma aterradora colapsa el
tiempo hasta hacer detener la barca cerca de él. Le veo. Está en otra barca,
sentado, con la cabeza metida entre las piernas y desprendiendo su habitual
humo negro, que en este caso exhibe tal poder que es capaz de envolver la barca
también. ¿Por qué está ahí? Y sobre
todo… ¿por qué he de ayudarle? Desde que identifiqué a este desdoble de mi
personalidad lo único que ha hecho ha sido atormentarme, hacerme daño, dejar
que mi espíritu caiga en una espiral autodestructiva de la que me ha costado
mucho salir. No entiendo por qué demonios mi salvadora me pidió entonces que lo
llevara de vuelta a casa.
Intento recordar sus palabras.
No, demonios no. ¿Por qué habría de hacer nada por él? Volverá a hacerme creer
que yo… dios, no entiendo lo que estoy a punto de hacer. Las palabras de mi
ángel todavía resuenan en mi cabeza… “Tráelo de vuelta a casa. No lo pierdas,
pues te perderás a ti también”. ¿Qué relación tiene ella con el hombre del
traje? ¿Por qué lo quiere de vuelta? Se supone que quería ayudarme.
Cojo un remo y me acerco a su
barca, no me lo puedo creer. Me adentro sigiloso en el humo negro y me siento
frente a él, esperando una reacción que tarda en llegar. De pronto, el hombre
del traje levanta la cabeza y me mira con unos ojos rojos como el fuego del
infierno. Su boca exhala una maldad como jamás he conocido. Desde luego, algo
extraño le sucede. El humo verde y gris que emana de mi ser comienza a
mezclarse con el humo negro que brota de su cuerpo hasta envolver todo lo que
mis ojos alcanzan a ver. La barca empieza a moverse y perdemos el control. Cada
vez hay más humo, cada vez hay más miedo. La escena gira sobre sí misma y para
cuando se detiene y consigo recuperar el equilibrio ha desaparecido el valle,
la barca y el hombre del traje. Ya no hay humo, ya no hay nada. Sólo un camino
largo y angosto de piedra negra y desgastada que me separa del hombre del
traje. Está levitando en el aire, inconsciente, crucificado, goteando sangre. No
hay humo pero no consigo distinguir si sigue vivo, aunque sólo tengo que
recorrer unos metros para comprobarlo. Comienzo a andar y de repente mi cuerpo
parece estar hecho de plomo, casi no puedo avanzar y por más que intento
recurrir a mi protector humo verde y gris no soy capaz de invocar a ninguno de
los aliados que sirven a mi espíritu. Estoy sólo.
Armándome de valor, sigo adelante
esperando que esto acabe pronto, pero de repente me veo obligado a arrodillarme
esclavo del dolor que me produce oír el aullido que ahora mismo nace de alguna
parte de este extraño lugar. Es como si todos los miedos, las súplicas, las
quejas, el dolor que he sentido durante mi viaje hubiesen renacido para acabar
conmigo ahora. Soy muy consciente de cuál es cada sonido. Conozco cada nota de
esa escala y jamás podrá volver a hacerme hincar la rodilla. Me levanto poco a
poco, desterrando el dolor de mis oídos al oscuro fondo negro que hay bajo el
camino que recorro. Y así, puedo avanzar hacia mi objetivo.
Cansado, pero a la vez más
fuerte, sigo mi camino. A los poco metros mi cuerpo comienza a sentirse débil y
de pronto algo invisible golpea mi cara con la fuerza de un tornado. Caigo al
suelo de nuevo y aunque aturdido intento ponerme de pie lo antes posible. Pero
otra vez muerdo el polvo. No sé qué me está golpeando pero es muy fuerte.
Vuelvo a levantarme, cada vez más débil, y vuelvo a caer de nuevo. Ignoro qué
es o dónde está, pero jamás podrá vencerme de esta manera, ahora ya no. Quieto,
me quedo quieto, sentado, en contacto con la tierra. No pienso, observo, sólo
observo. Esta vez no me levanto, no me pongo en pie, eso no ha funcionado hasta
ahora así que no veo por qué va a empezar a funcionar de repente. Así que me
dedico a observar, a escuchar a mi entorno, por reducido que sea. Pasan los
segundos y no siento nada, ni un solo golpe, ni un roce. Ahora te veo. Ahora sé
dónde estás. Jamás podrás volver a tocarme. Todos, están todos y cada uno de
los golpes recibidos durante mi viaje los que están intentando lanzarme al
horror de la espiral autodestructiva de nuevo. No lo entienden, es imposible
que consigan vencerme. Sigo inmóvil, inmerso en un estado meditativo ya muy
conocido, y a la vez muy nuevo. Esto no es una prueba de resistencia para mi
cuerpo, sino para mi mente. Ahora lo entiendo, ahora soy consciente. Ahora,
puedo dejar que esa nube que me ataca se vaya. Ahora, soy yo el que es
invisible para ella, y contemplo cómo se aleja dejando libre el camino hacia el
hombre del traje, que sigue crucificado en la nada, sin conocimiento, y puede
que ya sin rastro de vida en él.
Es muy poco lo que me separa de
él, ya casi puedo tocarle, pero cuando extiendo la mano para hacerlo algo me
detiene. Siento mucho miedo, no puedo hacerlo, no puedo seguir. Soy débil, soy
un cobarde, no me atrevo a salvarle, nunca podré hacerlo. Yo no debería estar
ahí, yo no soy nadie, debería haber muerto en la nieve. Cómo pude creer que el
paraíso al que me había transportado era para mí. La gente como yo no merece el
paraíso. La gente como yo no merece nada, sólo la muerte, la caída al vacío, la
espiral autodestructiva de la que nunca debí haber salido. Al menos ella me
entendía y de vez en cuando me dejaba ver la luz, aunque no tocarla, porque no
me lo merezco. Necesito salir de aquí, necesito huir. Quiero caer, quiero
volver a mi jaula, donde estaba protegido, donde nadie podía atacarme, donde
nadie podía hacerme daño. Quiero salir, salir… ¡QUIERO SALIR DE AQUÍ! Noto cómo
mi cuerpo refleja todos los miedos que estoy sintiendo. Cada vez me siento más
débil y creo que estoy a punto de perder el conocimiento. Apenas me queda un
suspiro. Dicen que cuando estás al borde de la muerte toda tu vida pasa ante
tus ojos. Pues yo no puedo dejar de pensar en este dolor que está quebrando mis
huesos, que atenaza mis músculos y me corroe por dentro. No puedo dejar de
pensar en que todo lo que estoy sufriendo ahora es culpa del hombre del traje y
de quien me dijo que lo llevara de vuelta. Mis ojos se resisten a mantenerse
abiertos. Se acabó, ya no puedo más. Dejo de pensar. Dejo de sentir. Dejo de
existir. Esta vez, he perdido.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario