jueves, 7 de agosto de 2014

EL HOMBRE DEL TRAJE


Me encuentro sentado. En contacto con la tierra. Nuevamente rodeado de un entorno neblinoso que no me permite ver más allá de lo que tengo justo delante de mis narices. No sé si mi cerebro no me deja observar todo lo que debería o me está obligando a centrarme en aquello que tengo que observar. De todas formas me olvido de esa sensación e intento aprovechar el momento para visualizar lo que se me ofrece en este instante. Es extraño el personaje que tengo delante de mí. No me gusta. Es una versión demacrada de mí mismo, llena de odio y deseos de venganza. Vestido con un traje oscuro, camisa blanca y una corbata verde, me mira, muy recto. No aparta su mirada de mí y su gesto es de total desprecio. Claramente su expresión es la de alguien que me aborrece por no seguir los pasos que él establece para mí. Creo que lleva tiempo intentándolo pero se está dando cuenta de que  ya no le quiero seguir. Y por eso deja que lo vea. Quiere advertirme, amenazarme, meterme miedo en el cuerpo. Desea que todos sus sentimientos, prejuicios y odio se introduzcan dentro de mí nuevamente y pueda manejarme a su antojo. Un aura verde comienza a rodear a este ser y sus ojos se tornan cada vez más rojos. Su cara se vuelve gris, casi llega a mimetizarse con el traje. Abre la boca y sólo veo que de ella sale un humo negro que llega a asustarme incluso más de lo que había hecho su metamorfosis hasta el momento. Pero lo único que yo hago es decirle que ya se puede ir, que no quiero seguir con él a mi espalda, que lo que él me ofrece ya no lo quiero, ya no lo necesito. Ya no me hace falta su protección. Ahora soy más fuerte. El humo que sale de su boca termina por rodearle y mientras vuelvo a la realidad contemplo cómo se disipa entre la nada. Pero en el último instante, justo antes de regresar a mi estado de consciencia habitual, veo cómo el humo persigue mi boca y mi nariz, y las invade por momentos. Despierto y todavía siento el sabor a hierro y azufre en mi paladar. No he conseguido dejar atrás al hombre del traje, pero creo que sí lo he conseguido domar en gran medida. Puede que cuando lo vuelva a ver me mire de otra manera. Puede que en nuestro reencuentro, mantengamos una conversación. Quizá no deba apartarlo de mí, sino agradecerle los servicios prestados y decirle que a partir de ahora ya no va a tener tanto protagonismo. Quién sabe, ya lo decidiré cuando llegue el momento. Hasta entonces, no merece la pena preocuparse. Hasta la próxima, hombre del traje. Hasta el próximo cigarro.

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