martes, 12 de agosto de 2014

La adoración del tiempo

Referencia: http://lonkopang.wordpress.com/
El hombre práctico entró en la caverna. Era una antigua mina en la que había trabajado su padre. Su mirada se posaba en este y aquel rincón, allá donde la piedra desmenuzada le hacía imaginar hombres manchados de polvo alzando picos al aire y descargándolos sobre las entrañas de la Tierra, sin rabia, sin odio, con puro método. El vacío actual de la caverna le producía una sensación extraña, de pérdida. Como si sus visiones tuvieran tintes de ficción, de haber sucedido en una realidad distinta, separada de la nuestra por otras barreras además del propio tiempo.

El hombre práctico era de edad casi anciana y pensamiento moderno. Rechazaba la importancia que los hombres que fluyen le daban a la historia, y la vacua manera en que la utilizaban. La esgrimían éstos como raison d'être para discursos nacionalistas, tradiciones milenarias, incluso para malditas leyes y derechos. Le asqueaba. Tal vez hubiera razones en la historia para justificar todas estas cosas en ella contenidas, y estaba dispuesto a escucharlas. O tal vez no las hubiera, y la antigüedad de ciertas tradiciones fuera el único argumento que hoy en día justificaba su existencia, y estaba dispuesto a mandarlas al infierno. Y sin embargo, mirando esas piedras, no podía evitar sentir que había algo en el pasado, en el tiempo ya realizado, que lo hacía misterioso, eterno, perfecto. Esas piedras que prolongaban su descanso desde que en la distancia, su padre las hubiera horadado en un rincón distinto del universo, y mucho antes muchos otros, billones de kilómetros más lejos de Andrómeda.

El hombre práctico creía estar en posesión de la verdad, y creía ser flexible para rectificar y abrazar verdades más puras, y creía por encima de todo en la verdad y nada más. No creía en la libertad, en la decisión, en la culpa ni en el mérito, no creía siquiera en la opinión. No tal y como los hombres que fluyen entienden todas esas palabras. Él se sabía un animal maquinal, un esclavo de su propia esencia, y por tanto condenado a ser libre. Pero sabía también que la mayoría de sus decisiones se tomaban sin que lo que él sentía como su parte racional tuviera parte. Es por esto que se maravillaba del pasado, y de maravillarse. Por esto que podía exponer durante horas reflexiones profundas que le hacían parecer más joven y moderno de lo que testificaba su rostro. Y luego mientras cocinaba, comía, cagaba, o recogía todo lo anterior, encontrarse lamentando el tiempo perdido de una forma tan patética y liviana.

El hombre práctico se dio cuenta de qué era lo único que realmente teníamos de valor en el curso de la vida, cuando menos de aquello le quedaba.
Y lo anhelaba.
Entendió por fin la importancia del tiempo, el peso del tiempo, entendió su adoración. A qué otra cosa se podían aferrar los pobres hombres, tan conscientes de sí mismos, tan conscientes del tiempo, tan inseparables ambas consciencias.
Y lo aceptó, como uno acepta necesariamente aquello que entiende.
Todos sus viajes de conocimiento le habían alejado de la creencia común, pues todo aprendizaje es rebeldía, y con el tiempo, se había dado cuenta de que todo volvía, de que el viaje era un círculo. Que al final siempre aguardaba la aceptación.
Agachado en un monte, devolviendo un excremento a la tierra, tomó una hoja caída y seca. Pensó en el árbol, en la piedra, en la catedral, en Napoleón. En su propio legado.

El hombre práctico era demasiado viejo para desear vivir mil años. Pero en ese instante, tan banal y especial, deseó vehemente que el tiempo fuera también un círculo.

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